Cartas del padre Pedro (LI): Ceuta (20-9-2026)
+ Pedro aguado, Obispo de Huesca y de Jaca
Tal vez os sorprenda que os escriba una carta titulada “Ceuta”. Y tal vez os sorprenda que me meta en este tema tan polémico y complejo. Pero lo hago desde la convicción de que es bueno ofrecer una palabra de Iglesia ante situaciones que nos afectan profundamente y que están en todas nuestras conversaciones, en todos los periódicos, en todos los debates.
Lo hago con profunda humildad, y sin ningún deseo ni de juzgar ni de dar lecciones a nadie. Lo que busco es compartir con vosotros mi reflexión a la luz de lo que estamos viendo, del enorme sufrimiento generado en la ciudad hermana de Ceuta, una ciudad que ha visto rota su convivencia y su ritmo de vida al tener, de repente, miles de inmigrantes en sus calles, muchos de ellos menores de edad. ¿Qué puede y debe decir la Iglesia? ¿Qué puede y debe hacer?
Lo primero que me viene a la mente y al corazón es que los cristianos nos sentimos cerca del que sufre. Estamos cerca del ciudadano ceutí que no entiende lo que pasa y que tiene miedo por sus hijos o por su familia; estamos cerca de las personas sin hogar y sin papeles que, quizá siendo víctimas de una manipulación, dieron el paso, junto a muchos miles más, de entrar en Ceuta, puede que buscando un horizonte de vida o quizá con otros objetivos
menos claros; cerca de los servidores públicos que tratan de poner orden, muchas veces superados por la magnitud de la crisis. Esta cercanía es fuente de respuestas certeras, que llegarán.
La Iglesia tiene que pedir a las autoridades claridad en la explicación de lo que pasó y en la gestión de la solución, pero también tiene que ayudar a crear un clima de serenidad que ayude a que se pueda ir resolviendo el problema. No podemos ser espectadores pasivos de lo que ocurre, sino constructores de una sociedad más justa y solidaria. No queremos entrar al juego político, sino a la proclamación de la verdad y a la búsqueda de soluciones. Tenemos claro algo que es muy necesario: tratar de entender lo que sienten todos los que están sufriendo la situación, tratar de acompañar las situaciones, tratar de hacer lo que esté, en nuestra mano, que sin duda es poco, por ayudar.
No estamos ante una “crisis migratoria” al uso. No emigran 80.000 personas a la vez, puestas de acuerdo; estamos ante otra realidad. Eso deberá ser aclarado por quien, corresponda. Por eso, no podemos aceptar una simplificación interesada que diga, por ejemplo, que “la culpa de todo la tiene la inmigración” y que lo que tenemos que hacer es cerrar las puertas. El Papa León XIV nos habló claro, en sus discursos en Canarias, sobre la posición de la Iglesia ante el hecho de que hay personas que buscan otro horizonte en su vida y que deben ser tratadas como personas. Lo que ha pasado en Ceuta es otra cosa, sin duda.
Pero no podemos aceptar que esta situación convierta a la persona inmigrante en delincuente o en invasor. Ceuta es una preciosa realidad multirreligiosa, en la que siempre se ha dado una bella convivencia. Hemos de aprender mucho de la capacidad que tiene la fe religiosa en generar hermandad, cuando no es manipulada ni convertida en arma arrojadiza. Tenemos mucho que aprender de la crisis que se está viviendo. Oremos para que la paz social se mantenga y crezca, y para que los cuatro verbos que el Papa Francisco propuso para atender la realidad de la inmigración se mantengan vivos en nuestro país: acoger, proteger, promover e integrar.
Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.


