Cartas del padre Pedro (L): EL SEÑOR ES MI FUERZAS (12-9-2026)

Cartas del padre Pedro (L): El Señor soberano es mi fuerza (12-9-2026)

  1. Pedro Aguado Cuesta Obispo de Huesca y de Jaca

Así termina un cántico bíblico que los cristianos re­zamos todos los viernes en la oración de Laudes. El viernes 14 de agosto, cuando lo recé, me ayudó mu­cho a preparar la Eucaristía que iba a celebrar al día siguiente en la catedral de Jaca. Era una Eucaristía en la que íbamos a orar por todas las personas que sufren a causa de los incendios que han asolado nuestra tierra en este verano, y por las personas que trabajan duramente para sofocarlos.

Es un cántico del profeta Habacuc, que termina así: “Aun­que la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan co­sechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador. El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas” (Hab 3, 17-17).

Hemos vivido mucho sufrimiento este verano: campos calcinados, pueblos evacuados o confinados, años de trabajo perdidos, granjas en riesgo y, lo que es peor, la vida de Javier, un militar que trabajaba en la extinción, perdida. Oramos por él y por su familia, agradecidos por su generosidad y cercanos a sus padres, familia y compañeros. Dios le dé el descanso.

Quizá este es el momento de dar nombre a lo que hemos aprendido. Quiero compartir con vosotros tres aprendizajes. En primer lugar, pensemos que el fuego no sólo quema los campos o los bosques. Puede quemar también el alma, la ale­gría, la esperanza. Como el fuego deja rescoldos que el viento puede reavivar, también la tristeza y la angustia pueden dejar rescoldos. Por eso es bueno reavivar, ante Dios, nuestra fe y nuestra esperanza. Por eso la Iglesia camina con los afecta­dos. Por eso oramos en nuestras iglesias y parroquias por quienes han sufrido tanto. Por eso es bueno que nos digamos unos a otros que el Señor es nuestra fuerza. No permitamos que el desánimo o la desesperanza aniden en nuestro cora­zón. Sigamos luchando por la vida, por nuestros pueblos, por nuestras comunidades.

En segundo lugar, tenemos que crecer en la conciencia de que el “cuidado de la casa común” es una tarea primordial para todos. El Papa Francisco solía decir que “Dios perdona siempre, pero la naturaleza no”. Todo lo que estamos vivien­do son llamadas de atención para todos, y todos debemos responder, según nuestra responsabilidad. Cuidar nuestros bosques, nuestras montañas, nuestros campos y prepararlos para evitar o disminuir los riesgos es una tarea importante que no debemos descuidar. Igualmente, revisar nuestro tipo de vida, de consumo, de impulso de una ecología integral, son retos a los que no podemos dar la espalda. El modo más humano e inteligente de combatir las tragedias es tratar de evitar que se produzcan.

Y el tercer aprendizaje que quiero compartir es el siguiente: los cristianos, la Iglesia, debemos trabajar mucho por lo que el Papa León XIV llama “justicia ambiental”. Cada 1 de sep­tiembre la Iglesia celebra la Jornada de Oración por el cuida­do de la Creación. El Papa dice que “la justicia ambiental ya no puede considerarse un concepto abstracto o un objetivo lejano; es una necesidad urgente que va más allá de la sim­ple protección del medio ambiente. En realidad, se trata de una cuestión de justicia social, económica y antropológica”. Pensemos en todo ello, y mantengamos nuestra oración por quienes sufren las consecuencias de los incendios.

Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.C