Cartas del padre Pedro (XXIX): Salió el sembrador a sembrar (24-5-2026)
+ Pedro Aguado Cuesta. Obispo de Huesca y de Jaca
El 15 de mayo celebramos el día del Mundo Rural, en la festividad de San Isidro. La verdad es que yo conozco muy poco del mundo rural, porque he vivido siempre en ambiente urbano, toda mi vida. Por eso, cuando fui enviado a Huesca y Jaca, a un contexto socialmente rural, pensé que tenía que ir conociendo poco a poco el nuevo ambiente en el que estaba llamado a vivir, y que me tenía que preparar bien, también espiritualmente.
Hoy escribo sobre eso, sobre un pequeño trabajo espiritual que voy haciendo; más adelante, cuando vaya conociendo la realidad, trataré de compartir más reflexiones con vosotros.
Decidí reflexionar y meditar sobre las parábolas de las semillas, tan utilizadas por Jesús. Están en el capítulo 4 del Evangelio de Marcos. La más conocida es la llamada
“parábola del sembrador”, pero hay otras dos: la de la semilla que crece por sí misma, y la de la semilla de mostaza. He aprendido mucho de estas parábolas. Os comparto algo de lo que he pensado.
La primera de ellas, la del sembrador (Mc 4, 1-9), habla de cuatro tipos de siembra. Sólo uno da frutos; las semillas que caen en los otros tres terrenos se agostan. Me hace pensar mucho esta narración, porque nos ayuda a comprender que, en nuestra vida y en nuestra sociedad, el bien y el mal coexisten. Esa es nuestra realidad, y es bueno ser consciente de ello. Pero la clave está en apostar por los frutos, que son los que pueden cambiar las cosas. Debemos apostar por la formación, la solidaridad, la justicia, la presencia servidora de la Iglesia, el trabajo entregado, la cercanía a los jóvenes, la creación de comunidades, la
acogida, etc. Estas son las semillas que dan fruto, unas treinta, otras sesenta, otras cien. El que tenga oídos para oír, que oiga.
La segunda es la parábola de la semilla que crece por sí misma (Mc 4, 26-29). Es muy bello lo que aprendemos de esta parábola, que es un canto a la paciencia y una propuesta clara de renunciar al control del desarrollo de la semilla. Ella crecerá. La fuerza del Evangelio es más grande que nuestras normas y nuestras tradiciones, porque el Espíritu lo es de libertad, de impulso del Reino. Esto nos ayuda mucho a crecer en humildad y en confianza.
Podemos -y debemos- sacar conclusiones.
Y la tercera es preciosa (Mc 4, 30-32). Es la parábola del grano de mostaza, que nos recuerda algo formidable: el contraste entre los inicios y el final. Una pequeña semilla, la más pequeña, se transforma en un árbol que da cobijo a todos.
No olvidéis que estas parábolas son narradas por Jesús como respuesta a una pregunta concreta: “¿con qué podemos comparar el Reino de Dios?”. El Reino es misterioso.
Crece entre tensiones y dificultades, crece por su propio e inexorable dinamismo,
Crece sorprendiéndonos por el valor de lo pequeño. Pero necesita sembradores. Y esta es
nuestra misión, como cristianos. Sembremos con todas las personas que tengan semillas buenas en sus manos; así caminaremos hacia un Reino del que somos mensajeros y que podemos, poco a poco, ir acercando a nuestra realidad.
No os desaniméis por las dificultades o por las cosas que no van bien. El Espíritu alienta el Reino, en la dirección del plan de Dios. Tardará, pero llegará. Trabajemos por ello.
Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.

