Cartas del padre Pedro (XXIII). La alegría de la fe (18-1-2026)
- Pedro Aguado Cuesta. Obispo de Huesca y de Jaca
Hemos dejado atrás el tiempo de Navidad, un tiempo en el que nos hemos deseado tantas cosas buenas unos a otros. Un tiempo en el que hemos recordado y vivido la inmensa alegría de saber y de experimentar la presencia de Dios entre nosotros, en un niño pobre nacido en Belén. Empezamos lo que llamamos en la Iglesia “el tiempo ordinario”, ese tiempo que no está marcado por acontecimientos especiales como la Navidad o la Pascua, sino por algo igualmente extraordinario: la fe en el Señor Jesús, que vivimos y compartimos de modo
cotidiano, cada día, con amor y esperanza. Pues bien, me gustaría desearos, al comienzo de este tiempo ordinario, que lo viváis con la inmensa alegría que procede de la fe en Cristo Jesús, el Señor. Pienso que una de las más claras expresiones de la fe es la alegría. La alegría está presente, propuesta y experimentada, junto a los anuncios más decisivos del amor de Dios: la alegría del nacimiento del Salvador (Lc 2, 10) o la alegría de la resurrección del Señor (Jn 20, 20). El padre de la parábola habla de alegría a su hijo mayor, desconcertado por la fiesta de acogida de su hermano menor; la alegría es la palabra utilizada por el Señor cuando explica la parábola de la oveja perdida; la ciudad en la que se predica el Reino se llena de alegría (Hechos 8,8). Necesitamos vivir y experimentar esta alegría. La profunda, la que cambia el corazón. Sólo si estamos auténticamente alegres podemos ser testigos creíbles del amor de Dios.
Os comparto una sencilla experiencia que viví hace poco, celebrando la Eucaristía en la casa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Jaca. En un momento de la celebración eucarística, entonamos un canto que todos seguimos con devoción. Así decía la letra de esta canción religiosa: Gracias quiero darte por amarme; gracias quiero darte yo a ti Señor. Hoy soy feliz porque te conocí, gracias por amarme a mí también. Yo quiero ser, Señor amado, como el barro en manos del alfarero; toma mi vida, hazla de nuevo: yo quiero ser un vaso nuevo”. La media de edad de las personas que cantaban rondaría los 85 años. Yo les contemplaba mientras cantaban “toma mi vida, hazla de nuevo: yo quiero ser un vaso nuevo”. Estuve mucho tiempo después pensando en esta escena. ¿Qué significa para un anciano de 85 o de 90 años orar pidiendo al Señor que le ayude a “ser un vaso nuevo” y que “tome su vida y la haga de nuevo?». Todavía me impresiona esta preciosa escena, plena de fidelidad, plena de amor al Señor, plena de fe y de confianza en la infinita misericordia de Dios, plena de entrega de la propia vida, hasta el final, un final ya necesariamente cercano para muchos de ellos.
La vida cristiana consiste esencialmente en vivir centrados en el Señor, entregándole todo lo que cada uno es, poniendo la vida plenamente en sus manos. Y esto lo hemos de hacer cuando comenzamos el camino, mientras estamos en la plenitud de la vida y de la misión, y cuando la enfermedad o la edad nos ayudan a experimentar más certeramente qué es lo único necesario. Esto es lo que os deseo en este tiempo ordinario: vivid alegres vuestra fe, día a día, agradeciendo el amor de Dios.
Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.

