En las bodas de oro sacerdotales (diócesis de Jaca)
   
   
    Queridos hermanos sacerdotes, y en especial los que cumplen sus bodas de oro en el ministerio: Ignacio Aísa, José María Arcas, Luis Galindo y Domingo Otal: el Señor os bendiga con la Paz en el corazón y el Bien en vuestros pasos.
    Aunque en la lejanía de kilómetros, me siento unido espiritual y afectivamente a todos vosotros en este día tan entrañable de la festividad de San Juan de Ávila, nuestro Patrono del clero español. Y con estas letras me uno a vuestra celebración y encuentro pensando especialmente en Ignacio, José María Luís y Domingo.
    Se me ocurren tres actitudes que enmarcan nuestra celebración sacerdotal. Hacer fiesta en primer lugar en este día especial de San Juan de Ávila. Sí, hacemos fiesta como merece el caso, de poner en la patena del altar nada menos que cincuenta años de ministerio, y disponernos a abrazar fraternamente a estos hermanos que han vivido todo este tiempo amando a Dios, sirviendo a la Iglesia, en el ministerio concreto hacia las personas que se les iba confianza como sacerdotes. Siquiera de pasada, desfilan un sinfín de nombres de lugares y de circunstancias, de gentes a las que habéis ido acompañando. Los niños que hoy son ya adultos a los que bautizasteis, los jóvenes a los que ayudasteis a crecer, los matrimonios que habéis bendecido, los enfermos que confortasteis, los difuntos a los que cristianamente dijisteis adiós. Y cuantos enclaves en nuestra geografía diocesana han pisado vuestros pies a lo largo de estos años, lugares por los que os llevó la obediencia a Dios y a su Iglesia.
    Toda una biografía humana y sacerdotal tejida de estos nombres y circunstancias en donde se habrá dado lo más hermoso y lleno de luz, sin que acaso haya faltado algún momento difícil y duro. Uno descubre que no hay camino en la vida, sea cual sea nuestra vocación y quehacer, en donde todas estas variantes se dan igualmente.
    Por eso hacemos fiesta, por una historia vivida diciendo sí a quien os llamó para un camino que previamente no se nos relata a fin de que podamos o no aceptar, sino que os bastó saber que la propuesta venía de quien venía, del Señor. Lo que luego vuestros ojos han visto, lo que vuestro corazón ha sentido, lo que vuestras manos han sostenido y vuestros pies han recorrido, lo sabe Dios, lo sabéis vosotros y en buena medida lo saben las personas a las que habéis servido. En el libro de vuestra vida, todo esto está escrito, y hoy con vosotros hacemos fiesta.
    En segundo lugar, nuestra fiesta es agradecida. Porque más allá de los requiebros con los que nos sorprende la vida, y más allá de incertidumbres, confusiones u olvidos, de torpezas y desvaríos, está lo que nuestro corazón siempre palpita, a lo que en el fondo no sabe ni quiere renunciar, y se nos permite empezar cada mañana como quien vuelve a estrenarlo. La llamada no ha cambiado, nosotros sí. Por este motivo debemos decir cada día nuestro más sincero sí a la vieja llamada, a la única vocación, aunque nuestra voz sea tan distinta. Damos gracias con vosotros, hermanos. Por tanto vivido, sufrido, gozado y ofrecido. Dios siempre nos acompaña, y no ha habido lágrima que le haya pasado inadvertida ni alegría por la que no haya sabido con vosotros brindar. Una gratitud grande por vosotros, por las personas que os han acompañado en todo este itinerario humano y sacerdotal, y por las circunstancias que os han podido purificar, fortalecer y llenar el alma de esperanza sin igual.
    Finalmente, nuestra gratitud incluso se hace mendiga. Porque queremos pedir gracia también. La gracia de reestrenar en don recibido con la imposición de las manos.. Ciertamente no sois ya misacantanos con toda una vida por delante llena de vigor e ilusión. El vigor tiene ahora otra forma, y la ilusión acaso se ha hecho humilde. Pero vuestra fidelidad sigue escribiendo día tras día una historia para la que pedimos gracia al Buen Dios. En este año sacerdotal que estamos casi concluyendo, renovemos nuestro sí al camino de santidad al que fuimos llamados, y que quien nos vea y nos trate pueda ver en nuestro ministerio la impronta de gracia y misericordia de Aquel que nos creó, nos eligió, nos consagró y nos envió en su Iglesia como sacerdotes del Señor.
    Recibid mi abrazo lleno de afecto y de agradecimiento.
    El Señor os bendiga y os guarde.
    + Jesús Sanz Montes, ofm
    Arzobispo de Oviedo y Adm. Apost. de Jaca
   
    10 mayo de 2010
    Festividad de San Juan de Ávila