Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

Los cirineos.




Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
Pocos datos tenemos de ese hombre que de pronto se coló en la procesión. Pareciera que se trataba de un espontáneo que así se tiró al ruedo. Pero no. Él volvía pacíficamente del campo, de su trabajo honrado. Oyó el tumulto, el griterío y el jaleo. Simplemente se asomó para ver a qué se debía y entonces aquel soldado le empujó hasta quedar cara a cara con el nazareno.
¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Tú, quién eres? Y yo qué pinto en este entierro. Sí, casi un entierro era ya, y aquel extraño reo entre todos lo descoyuntaban con sus vociferaciones blasfemas: entre un hosanna de ocasión y un crucifícale sin compasión.
Aquel reo estaba ya casi muerto. No sabía quién era, pero ahí estaban los dos: Cristo desfigurado y el cireneo Simón. Era el padre de Alejandro y Rufo, y muchos sabían que era de otro sitio, de Cirene. Pero aquel día volvió a nacer, en aquel sitio, por un providencial empujón que hizo que su mirada y su vida entera, se cruzaran con la de Cristo bendito. Y aquel hombretón cargó sobre sí el tramo de una cruz. Era más suya que de Cristo, y el Señor se la devolvió. Más adelante Jesús tomará de nuevo esa cruz, y se dejará clavar en ella como quien abraza la muerte hasta hacerla resucitar.
Algo de esta escena que escucharemos en la Semana Santa con la lectura de la Pasión, lo veremos también representado tal vez en algunos de nuestros pasos que tan cuidadas procesiones pasean por nuestras calles aquella vieja historia de amor.
Dios ha sido el primer cirineo de nuestras cruces. Tantas veces Él ha salido a nuestro encuentro, sin más empujón romano que el empuje del amor. Cruces grandes y chiquitas, cruces notorias o inconfesables, cruces pasajeras o persistentes. Para cada una tenía unos brazos preparados Dios. No notamos su mano amiga, casi invisible de discreta que es. Pero está ahí sosteniéndonos en vilo al hilo de la vida. Cuando todos se han ido, cuando nosotros mismos hemos dicho el último y fatal ¡no!, Cristo sigue todavía esperando, ofreciéndonos su aliento, su consuelo, su gracia y su perdón.
Un cristiano que mira esa escena no sólo puede y debe quedar prendado de un asombro agradecido, sino que también tiene que quedar prendido en una lección de entrega que le mueva al amor. Así en este momento nuestro tan marcado por temores, por crisis, por dificultades y tantos desasosiegos: ¿dónde pasa hoy Cristo buscándome a mí como su cireneo? ¿dónde están hoy los crucificados que me piden de mil modos ese mismo gesto?
Una verdadera Semana Santa cristiana, está hecha de plegaria, de procesiones, de oficios sacros y liturgias vivas, pero todo eso es la resulta del asombro conmovido que nos narra Jesucristo, Dios amor. Y por ese motivo faltaría algo muy importante, si habiendo preparado con el esmero acostumbrado y el talento conocido todas nuestras procesiones; si habiendo pedido perdón de nuestros pecados en una confesión bien preparada; si habiendo asistido con el fervor debido a todos los oficios litúrgicos de nuestras celebraciones; si habiendo comido las torrijas del buen vino añejo, y observado los ayunos y abstinencias propias de estos días; si habiendo hecho todo eso no terminásemos siendo cireneos del mismo Cristo que en los crucificados de hoy nos pide ayuda, no habríamos entendido la Semana Santa cristiana. Siendo cireneos del Señor en los hermanos, escenifiquemos la mejor procesión, la procesión solidaria de quien mirando a Cristo ha entendido que debe ser también él, el amor.
Como siempre, el viernes santo nos reclama una mirada hecha oración y ayuda a nuestros hermanos en Tierra Santa. No faltemos a esa cita de plegaria y de compartir económico con ellos.
El Señor os bendiga y os guarde.

Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca