Parece que todo adquiere de pronto un color y un destello largamente esperados, y que finalmente preside la luz el andar de nuestros pasos con la primavera apenas estrenada. Sin embargo la vida a veces se empeña en desmentir lo que nuestro corazón más anhela con aquello que nuestros ojos nos imponen como indeseada realidad.
El otro día estuve en el tanatorio de uno de nuestros pueblos. Había acudido allí a una hora ya tardía para dar una conferencia sobre el significado de la iglesia como casa hecha de piedras vivas. La parroquia celebra las bodas de oro desde que se abrieron sus puertas. Cuántas cosas han entrando y salido por el dintel de la vivienda de Dios en esa localidad: los momentos más hermosos y esperanzados así como lo más opacos y enlutados.
Hablé del significado que tiene ese hogar especial con el que Dios en cada uno de nuestros pueblos y ciudades quiere domiciliar su discreta compañía, su espera siempre pronta, su paciencia a prueba de indiferencia, y su amor tejido de ternura y de perdón. Una casa en la que siempre hay Alguien que nos aguarda para compartir nuestros gozos con su mejor brindis recatado y nuestros pesares con su llanto indisimulado.
Al terminar, el párroco me pidió que le acompañase al tanatorio. Era un niño a quien la buena gente de ese pueblo estaba velando. Fue imprevisto ese encuentro: yo no sabía que iba a ir, ellos no sabían de mi llegada. Al entrar, fueron diciéndome sin palabras tantas cosas con sus miradas. Desde la gratitud por mi visita, o la petición de oraciones y de consuelo, hasta la pregunta respetuosa y rebelde de porqué suceden esas cosas.
En estos trances de humano desgarro, me siento pobre de veras, un pobre que no tiene réplicas al uso ante las preguntas más verdaderas. Quizás el silencio humilde ante el misterio, sea el mejor modo de comenzar una bondadosa respuesta.
El pequeño Alberto, con sus casi cuatro añitos, llevaba puesta una gorra. Era un contrapunto entre el rostro macilento de su cuerpecillo sin vida y el color de la visera que quería seguir correteando el último juego infantil. La paz serena de su sueño dormido era contemplado por sus jóvenes padres que con lágrimas bebían tan duro trago. Les estreché la mano mientras les acariciaba el llanto. Les acompaño en el sentimiento", les dije a ambos y a los abuelos. No llegamos a más: tan sólo y de lejos, sólo un acompañamiento. Pero el sentimiento dolido en su herida más fiera, no se logra suplir. Y cuando uno recuerda el adiós de personas queridas, sabe lo que digo en lo que quiero decir... sin poderlo.
Una oración breve y sencilla, el padrenuestro, y la bendición del buen Dios y el recuerdo de la dulce Madre. Así terminó mi encuentro. Sin querer echar en ese momento sermones ni recuentos, recordé lo que Jesús vino a darnos con creces: la razón a nuestro llanto, la respuesta a nuestra pregunta, y a nuestra espera el cumplimiento. Veremos nuevamente a este pequeño, porque Cristo ha vencido su muerte y la nuestra. Y la resurrección del Señor hacia la que estamos caminando en este tramo final de la cuaresma, viene a recordarnos esa victoria final aunque sea tan fuerte ahora la derrota en su apariencia.
Es el encuentro con Aquel que nos hizo, el que nos soñó, nos acompaña y nos cuida. Tras el dintel de la muerte no está el vacío, sino esa inmensa sala de espera entre nubes de gloria y nubes que nos purifican. En las primeras, sin duda, hay un pequeño ángel que vela ahora por sus padres y su hermanita y que los espera, mirando las cosas con otros ojos junto a Dios, mientras corretea eternamente feliz bajo el color de su infantil visera.
El Señor os bendiga y os guarde.
Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca





