Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
El miércoles pasado, con el ritual de la ceniza dábamos comienzo a un nuevo tiempo de cuaresma. Subimos con Cristo a Jerusalén para asistir con Él un año más al memorial de su muerte redentora. Estaremos atentos a cómo el Señor encuentra personas, circunstancias... para las que tiene una palabra o un gesto que salva, en ese abrazo de Dios a la misma vida.
La muerte del Señor siempre será para nosotros una lección suprema y paradójica. Porque en esa muerte se nos da la vida, en su negra oscuridad se enciende el alba, y en su vacío aterrador aparece la más dulce y eterna compañía. Duele la muerte, no obstante. Duele hasta el fondo. Como un latigazo que nos dobla hasta dejarnos sin aire, nos arranca huraña la sonrisa, y por un momento nos deja en una confusión que nos acalla y amordaza, detenidos nuestros pasos que parecen perdidos. Sí, duele la muerte de un ser querido.
La semana pasada, como la prensa de Aragón dio cumplida noticia, fallecía en el Moncayo un sacerdote madrileño, decano de la Facultad de Teología de San Dámaso: Pablo Domínguez. Le acompañaba Sara, una joven médico que fue la única que pudo acercarse de ese hermoso grupo de montaña de jóvenes cristianos que tantas andanzas alpinas habían compartido. Con él había hecho yo algún plan próximo de subir a un tres mil en invierno y hacer alguna esquiada, celebrando la Eucaristía en una de nuestras cumbres pirenaicas como quien abraza la tierra que desde esa altura acaricia tu mirada, con sus gentes, sus dificultades, sus esperanzas, mientras ofreces a Dios el pan y el vino de nuestros sudores y mientras repartes su Cuerpo y su Sangre que sus manos te regalan.
Toda la experiencia montañera de Pablo Domínguez, excelente escalador, senderista y esquiador, fue insuficiente ante un accidente imprevisible durante el descenso de una inclinada vertiente helada. Me he porfiado subir al Moncayo para celebrar en su cima una Misa por el eterno descanso de ambos.
Los que vivimos la montaña sabemos de este riesgo. No amamos el riesgo, pero es el precio que pagamos para asomarnos a una belleza egregia, esa que nos conmueve el alma y nos mueve a la alabanza del Creador. El Señor acogió su última escalada, le mostró el espectáculo de una montaña vestida de blanca inocencia en su altura, y ya no le dejó bajar a los recovecos grises de una bajura corriente.
En la bellísima homilía del Card. Rouco durante el funeral, se recordaron unas palabras recientes de Pablo a unas religiosas: «suplico al Espíritu Santo que nos conceda mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón que tendremos en ese momento último y definitivo: ¡lo que en el momento de la muerte tiene importancia, lo tiene ahora! ¡lo que en ese momento sea accidental, también lo es ahora! En definitiva: ¡sólo Cristo y sólo el Amor es lo importante! Cuando tengáis momentos de turbación, ¡recordadlo! Que no nos seduzca nunca el maligno con máscaras de falsos amores. ¡Sólo Cristo, y sólo su Amor es la Vida!».
La muerte de Cristo no termina ahí. Es el último paso humano antes de traspasar la puerta eterna de la resurrección. Entre ambos pasos está la espera. Los cristianos lloramos la separación que nos impone esa espera, no la duda ante una nada vacía y absurda que hubiera detrás. Duele la muerte como duele la espera, pero porque morir sólo es morir, y hasta morir se acaba (M.Descalzo), queremos en este tiempo cuaresmal hacer el camino de Cristo hasta su muerte para poder ser acompañados por Él en la resurrección final.
Descansen en paz estos buenos amigos que coronaron ya la cima hacia la que todos caminamos.
El miércoles pasado, con el ritual de la ceniza dábamos comienzo a un nuevo tiempo de cuaresma. Subimos con Cristo a Jerusalén para asistir con Él un año más al memorial de su muerte redentora. Estaremos atentos a cómo el Señor encuentra personas, circunstancias... para las que tiene una palabra o un gesto que salva, en ese abrazo de Dios a la misma vida.
La muerte del Señor siempre será para nosotros una lección suprema y paradójica. Porque en esa muerte se nos da la vida, en su negra oscuridad se enciende el alba, y en su vacío aterrador aparece la más dulce y eterna compañía. Duele la muerte, no obstante. Duele hasta el fondo. Como un latigazo que nos dobla hasta dejarnos sin aire, nos arranca huraña la sonrisa, y por un momento nos deja en una confusión que nos acalla y amordaza, detenidos nuestros pasos que parecen perdidos. Sí, duele la muerte de un ser querido.
La semana pasada, como la prensa de Aragón dio cumplida noticia, fallecía en el Moncayo un sacerdote madrileño, decano de la Facultad de Teología de San Dámaso: Pablo Domínguez. Le acompañaba Sara, una joven médico que fue la única que pudo acercarse de ese hermoso grupo de montaña de jóvenes cristianos que tantas andanzas alpinas habían compartido. Con él había hecho yo algún plan próximo de subir a un tres mil en invierno y hacer alguna esquiada, celebrando la Eucaristía en una de nuestras cumbres pirenaicas como quien abraza la tierra que desde esa altura acaricia tu mirada, con sus gentes, sus dificultades, sus esperanzas, mientras ofreces a Dios el pan y el vino de nuestros sudores y mientras repartes su Cuerpo y su Sangre que sus manos te regalan.
Toda la experiencia montañera de Pablo Domínguez, excelente escalador, senderista y esquiador, fue insuficiente ante un accidente imprevisible durante el descenso de una inclinada vertiente helada. Me he porfiado subir al Moncayo para celebrar en su cima una Misa por el eterno descanso de ambos.
Los que vivimos la montaña sabemos de este riesgo. No amamos el riesgo, pero es el precio que pagamos para asomarnos a una belleza egregia, esa que nos conmueve el alma y nos mueve a la alabanza del Creador. El Señor acogió su última escalada, le mostró el espectáculo de una montaña vestida de blanca inocencia en su altura, y ya no le dejó bajar a los recovecos grises de una bajura corriente.
En la bellísima homilía del Card. Rouco durante el funeral, se recordaron unas palabras recientes de Pablo a unas religiosas: «suplico al Espíritu Santo que nos conceda mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón que tendremos en ese momento último y definitivo: ¡lo que en el momento de la muerte tiene importancia, lo tiene ahora! ¡lo que en ese momento sea accidental, también lo es ahora! En definitiva: ¡sólo Cristo y sólo el Amor es lo importante! Cuando tengáis momentos de turbación, ¡recordadlo! Que no nos seduzca nunca el maligno con máscaras de falsos amores. ¡Sólo Cristo, y sólo su Amor es la Vida!».
La muerte de Cristo no termina ahí. Es el último paso humano antes de traspasar la puerta eterna de la resurrección. Entre ambos pasos está la espera. Los cristianos lloramos la separación que nos impone esa espera, no la duda ante una nada vacía y absurda que hubiera detrás. Duele la muerte como duele la espera, pero porque morir sólo es morir, y hasta morir se acaba (M.Descalzo), queremos en este tiempo cuaresmal hacer el camino de Cristo hasta su muerte para poder ser acompañados por Él en la resurrección final.
Descansen en paz estos buenos amigos que coronaron ya la cima hacia la que todos caminamos.
El Señor os bendiga y os guarde.
Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca





