Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Noche colombiana iluminada.

 Los obispos somos pastores de la Diócesis que Dios nos ha confiado como sucesores de los Apóstoles, pero también de la Iglesia universal que reclama nuestra solicitud y pertenencia. En este sentido he estado diez días en Colombia por invitación de una Diócesis hermana, Armenia, donde he dado ejercicios espirituales al presbiterio y un pequeño curso sobre el ministerio sacerdotal.
    Pero también se me permitió ver la realidad humana y pastoral de estos queridos hermanos de la América hispana. Una tarde participé en una misa junto al obispo diocesano, Mons. Fabio Duque Jaramillo, en un pueblecito donde él realizaba la visita pastoral. Tras la celebración en una iglesita en construcción, que seguía pareciendo una barraca, nos despedimos de aquella gente. La alegría de sus rostros estaba expresada también en el gozo de su fe. Una fe honda y arraigada que permitía mirar la dureza de aquel entorno con esperanza verdaderamente cristiana. Porque no es fácil vivir esa realidad tan llena de paradojas, donde se dan las cosas más bellas y las más aterradoras.
    Se palpaba en la periferia de la pequeña ciudad, no sólo la pobreza sino también la violencia. El joven párroco me decía con dolor cómo en la esquina de la parroquia, hacia sólo unos días, un niño había matado a otro niño, con un terrible y precoz encargo" de sicario. La vida parecía demasiado abaratada ante la pobreza, la violencia, el narcotráfico. Por eso destacaba más aun la presencia cristiana de aquellas gentes en medio de sus vecinos. Y por eso mismo sobresalía la esperanza alegre que se tornaba en auténtico canto de bienaventuranza. El afecto agradecido, la sencillez inocente, la alegría de quien no pone precio a su sonrisa, hacían amable y creíble el encanto de su dicha.
    A continuación nos encaminamos vereda arriba para ir al encuentro de una comunidad parroquial perdida en el boscaje. Ya había anochecido. Vimos en la angosta carretera una doble hilera de una luz insólita. Yo pensé que era la policía o la misma guerrilla. Cuál fue mi sorpresa cuando acercándonos a esa comitiva vimos que se trataba del pueblo al que íbamos, que con todos sus niños salían a nuestro encuentro. Llevaban en sus manos unos pequeños cirios para alumbrarse en la noche y para hacernos festejo. Dejamos el coche y con ellos fuimos andando los pocos metros que nos quedaban hasta la escuelita donde fuimos acogidos. Precioso espectáculo lleno de humanidad, cuando los dos obispos pudimos hablar con ellos, escucharles, rezar y cantar.
    Vimos la pequeña historia de una comunidad cristiana que sabía quererse, protegerse, soñar y rezar. Allí había pobreza material, sí. Pero la riqueza que ví en sus rostros, el abrazo a la vida del pequeño que en plena charla su jovencísima madre amamantaba, los ojillos chispeantes de las niñas con la coleta despeinada, las arrugas del anciano que cargado de edad y sabiduría no las maquillaba, el futuro que se entreveía en la mirada de los jóvenes y la entrega de una madura maestra, Dª Oliva, que lo había dado todo como mujer y cristiana. Todo esto era mucho más que las sombras negras de la violencia, del narcotráfico y la guerrilla. Era un pueblo cristiano que en su sencillez sabe reconocer a Dios, a María y los santos, sabe sentirse Iglesia de veras, y construir un pedazo de mundo como si Dios volviese a poner su tienda en medio de nuestras contiendas. Era encender una pequeña vela en la noche, candela de amor, de fe, de esperanza, y ver cómo la vida quedaba santamente iluminada.
     El Señor os bendiga y os guarde.
   
Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca