Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Volver a empezar.

  Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.
     Hoy quiero hacer un paréntesis en esta carta habitual de cada semana. No porque no tengamos temas y más temas, esos que están presentes en charlas y conferencias que doy, en cada celebración y en cada visita pastoral: la crisis que afecta a nuestras familias, la imparable cifra del índice de paro, las empresas de nuestro entorno que están en el alero o han amenazado con cerrar, por no decir la guerra tremenda que sigue llevándose vidas inocentes en la franja de Gaza o en el infierno del Congo. Hacemos nuestra, en la medida que podemos, toda esa situación de penuria y de angustia que por diverso motivo sufren nuestros hermanos de aquí o de allá.
    Sin que sea una fuga como quien se sale por la tangente, hoy quiero reseñar algo a modo de testimonio, que aparentemente no tiene nada que ver con lo anterior. La semana pasada concluíamos en Madrid los ejercicios espirituales que más de cuarenta obispos hemos realizado. Podría parecer una especie de lujo el poder desconectar durante cinco días quienes habitualmente tenemos nuestras agendas a rebosar. Alguno podría pensar que es incluso un lujo inútil, porque estar cinco días en silencio con todo lo que habría que hablar, acaso gritar bien fuerte, parecería un irresponsable ejercicio de extraña moderación. Y tal vez no faltará quien diga apostillando, un lujo inútil y egoísta, porque hacen falta brazos remangados para tanto como hay que bregar, y no devotas posturas arrodilladas de quien se ensimisma en su piedad.
    Pero muy por el contrario, tal y como nos enseña el significado del alimento y del descanso para el cuerpo, hemos de saber hablar y saber escuchar, debemos saber hacer y debemos también saber parar. Y porque hay que trabajar, y hacer mil cosas, y dejarte la piel en tantos caminos por andar, y desgañitarte diciendo verdades, para eso hay que comer y hay también que dormir. Valga el símil para aplicarlo al espíritu, que también sabe y debe alimentarse, sabe y debe holgarse.
    No hemos hecho más que volver al santo Evangelio. Volver a lo esencial: a Jesucristo vivo, a la vivencia de los sacramentos, a la intercesión de María y nuestros santos, a la fe de la Iglesia. Han sido días de silencio, pero no de mutismo, porque una Palabra con mayúsculas se nos ha vuelto a susurrar llenando de sentido nuestros argumentos. Han sido días de soledad, pero no de aislamiento, porque una Presencia con mayúsculas se nos ha vuelto a proponer como una dulce y discreta compañía. La Palabra y la Presencia de Dios han sido nuevamente abrazadas, y en su regazo hemos vuelto a comenzar. Se trataba de eso, de volver a empezar.
    Las cosas no han cambiado, los problemas siguen estando ahí desafiantes, las heridas nos siguen reclamando un bálsamo, y todo aquello que es bueno, bello y verdadero también nos aguardaba como resuello gozoso de nuestra andadura humana y eclesial.
    Todo eso no ha cambiado, pero nosotros sí. Ha cambiado nuestra forma de mirar, nuestra manera de acoger, de perdonar, de interpretar. No podemos pensar que nosotros cambiaríamos a condición de que las demás cosas nos las cambien según el color que apetecemos o las condiciones que nos interesen. Es justamente al revés: el primer y principal cambio está en cada uno, luego pueden venir los demás cambios. Y para esto hemos hecho los ejercicios espirituales los obispos, para poder volver a empezar lo mismo, lo que se nos ha confiado, lo que Dios ha puesto en nuestras manos y al lado. Es el cambio según la mirada de Dios, según su entraña, según su corazón. Un buen regalo y una humilde necesidad. Hacer unos días de ejercicios es justo y necesario.
     El Señor os bendiga y os guarde.
   
Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca