Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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La luz que no declina.

 Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.
 No es sólo una ola de frío lo que nos está dejando helados en estos días de un enero nevado, sino las noticias que nos llegan de aquí y de allá informándonos de la crisis económica que confina en el paro no a gente anónima de las antípodas, sino a personas que conocemos y queremos, y que nos transmiten su zozobra, su angustia y desconsuelo. Nos dejan igualmente helados la noticias de los conflictos bélicos que en forma de terrorismo o de guerra abierta siguen sembrando nuestros surcos de una sangre hermana inútilmente derramada. La franja de Gaza entre judíos y palestinos, la guerra del Congo, la zarpa del terror que no deja de amenazar de tantos modos, son las formas tristes de una paz herida, de una paz casi inviable por nacer de la componenda y de los intereses inconfesables en lugar de nacer de un corazón que de veras quiere ver las cosas distintas. Es una paz triste, como aquella que cantaba el gran autor inglés Shakespeare, en un momento de abrumamiento desesperado que Romeo sentía ante su inalcanzable Julieta: oh triste paz que nace con el día, de la que el sol no quiere ser testigo".
 Pero nosotros no estamos en el escenario teatral de un intrincado tema amoroso, sino que estamos en el escenario de la misma vida tratando de vivir como mejor sabemos el papel único que nos ha asignado la divina providencia. Por eso, el apunte que acabo de recordar más arriba con las dificultades de nuestros días podría servir para arremolinarnos en algún escondrijo, taparnos los ojos y tirar hacia delante como podamos, pero sin esperanza ninguna, sin convencimiento de que algo pueda realmente cambiar, creciendo sin parar nuestro peor escepticismo. Y sin embargo no es así. Ha habido una lectura que en estos días tardíamente navideños me ha sorprendido por su provocación saludable, por ponerme de nuevo delante de algo grande que a pesar de tantos pesares (y vaya si hay pesares que nos pesan), es capaz de asomarme al horizonte de una razonable y cristiana esperanza.
 Se trata un fragmento de la homilía de Benedicto XVI en el día de la Epifanía: "no hay sombra, por tenebrosa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo, por eso no disminuye nuestra esperanza tampoco hoy, ante la crisis económica y social, ante el odio y la violencia destructores que ensangrientan la tierra, ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse en dios de sí mismo... nuestros esfuerzos por liberar la vida humana del veneno que podría destruir el presente y el futuro conservan su valor y sentido incluso si aparentemente no tienen éxito o si parecen impotentes frente al viento de fuerzas hostiles, porque es la gran esperanza que se apoya sobre las promesas de Dios la que, en los momentos buenos tanto como en los malos, nos da coraje y orienta nuestro actuar".
 Los cristianos no tenemos una fórmula mágica para cambiar las cosas como se cambia de cadena televisiva con un mando a distancia. De hecho a los cristianos nos suceden las mismas cosas, prácticamente, que al resto de los mortales. Pero tenemos una clave, un secreto, un modo nuestro de mirar la realidad. Es el que se deriva de la luz del Señor, infinitamente mayor que todas nuestras oscuridades juntas. Las cosas nos pueden doler, pero no nos destruyen; nos pueden dejar confusos un instante, pero no arrebatan nuestra pasión por la verdad. Dios nos ha prometido su compañía, y sea cual sea la circunstancia, ahí descansa el coraje que nos hace fuertes y la orientación que nos permite seguir caminando.
 El Señor os bendiga y os guarde."