Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.
Fue una humilde lucecilla, pero por pequeña que fuera su chispa diminuta y su discreto calor, revolucionaron para siempre toda la oscuridad gélida que nos rodeaba. Así ha querido hacer Jesús naciendo entre nosotros. Él no perdió mucho tiempo en maldecir la tiniebla que nos apaga ni los fríos que nos hacen tiritar. Hizo algo más hermoso y más eficaz: encender la luz y ofrecer una lumbre. El domingo pasado eso hicimos en Madrid esa inmensa multitud de cristianos que desafiando el frío, las nubes amenazantes, los viajes distantes y sacudiéndonos la pereza o la comodidad, salimos a la plaza pública de nuevo. No hubo exaltaciones patrióticas, ni prietas las filas firmes y a callar, ni mensajes politiqueros para derrocar a no sé quién impresentable. Pese a lo que vaticinaban los corifeos de siempre, nada de eso se pretendió, ni se dio. Hicimos algo más hermoso y más eficaz nosotros también: encender una luz y ofrecer una lumbre.
Es evidente que creyendo en lo que cree Dios, amando lo que Él ama y defendiendo las cosas importantes por su misma razón, afirmamos con pasión inquebrantable el don de la familia y el de la vida. Y sabiendo conjugar ese doble interés estamos justamente en esa labor: amar y defender. Y al amar queremos anunciar, proponer sin imponer la belleza de la familia y la vida. Y al defender queremos denunciar, con respeto y sin traición, todo cuanto confunde, engaña, falsea y banaliza la familia y la vida. Amar y defender, como Dios hace y por su misma causa.
Fue un precioso espectáculo que muestra la fuerza sin violencia que reside en el pueblo de Dios, y que no pueden erradicar ni someter quienes son enemigos de la familia y de la vida, por más que sean poderosos sus tentáculos mediáticos, políticos y legislativos. Al final, la misma realidad se hace terca y termina por volver al cauce de la verdad los empeños desmadrados de sacar las aguas de su quicio natural.
Vimos a abuelos, a matrimonios maduros y matrimonios principiantes, a jóvenes y a muchos niños. Esa unidad de la familia, que se miraba en el modelo de Jesús, María y José, tiene largo recorrido, tiene que expresar de tantos modos el regalo de su fe.
La presencia de más de la mitad del episcopado español fue también un testimonio de cómo tanto en nuestras diócesis como cuando se trata de un gesto público de índole nacional, los pastores estamos junto a nuestras familias que aman y defienden lo que defiende y ama la Iglesia y el Señor. Las familias españolas estábamos allí, y en cuantos a través de los medios de comunicación siguieron el evento desde sus casas.
De modo particular el Santo Padre también quiso acudir a la Plaza de Colón el domingo pasado, y decirnos a nosotros lo que decía al mundo entero desde aquel balcón de la cristiandad que es la Plaza de San Pedro. Sus palabras finales fueron verdaderamente luminosas y consoladoras: queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que en vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía". Sin duda que fue un regalo de Dios ese encuentro, un don que nos ha hecho bien y que nos ha hecho testigos. La Santa Familia nos acompañe en este nuevo año que comienza.
El Señor os bendiga y os guarde."
Fue una humilde lucecilla, pero por pequeña que fuera su chispa diminuta y su discreto calor, revolucionaron para siempre toda la oscuridad gélida que nos rodeaba. Así ha querido hacer Jesús naciendo entre nosotros. Él no perdió mucho tiempo en maldecir la tiniebla que nos apaga ni los fríos que nos hacen tiritar. Hizo algo más hermoso y más eficaz: encender la luz y ofrecer una lumbre. El domingo pasado eso hicimos en Madrid esa inmensa multitud de cristianos que desafiando el frío, las nubes amenazantes, los viajes distantes y sacudiéndonos la pereza o la comodidad, salimos a la plaza pública de nuevo. No hubo exaltaciones patrióticas, ni prietas las filas firmes y a callar, ni mensajes politiqueros para derrocar a no sé quién impresentable. Pese a lo que vaticinaban los corifeos de siempre, nada de eso se pretendió, ni se dio. Hicimos algo más hermoso y más eficaz nosotros también: encender una luz y ofrecer una lumbre.
Es evidente que creyendo en lo que cree Dios, amando lo que Él ama y defendiendo las cosas importantes por su misma razón, afirmamos con pasión inquebrantable el don de la familia y el de la vida. Y sabiendo conjugar ese doble interés estamos justamente en esa labor: amar y defender. Y al amar queremos anunciar, proponer sin imponer la belleza de la familia y la vida. Y al defender queremos denunciar, con respeto y sin traición, todo cuanto confunde, engaña, falsea y banaliza la familia y la vida. Amar y defender, como Dios hace y por su misma causa.
Fue un precioso espectáculo que muestra la fuerza sin violencia que reside en el pueblo de Dios, y que no pueden erradicar ni someter quienes son enemigos de la familia y de la vida, por más que sean poderosos sus tentáculos mediáticos, políticos y legislativos. Al final, la misma realidad se hace terca y termina por volver al cauce de la verdad los empeños desmadrados de sacar las aguas de su quicio natural.
Vimos a abuelos, a matrimonios maduros y matrimonios principiantes, a jóvenes y a muchos niños. Esa unidad de la familia, que se miraba en el modelo de Jesús, María y José, tiene largo recorrido, tiene que expresar de tantos modos el regalo de su fe.
La presencia de más de la mitad del episcopado español fue también un testimonio de cómo tanto en nuestras diócesis como cuando se trata de un gesto público de índole nacional, los pastores estamos junto a nuestras familias que aman y defienden lo que defiende y ama la Iglesia y el Señor. Las familias españolas estábamos allí, y en cuantos a través de los medios de comunicación siguieron el evento desde sus casas.
De modo particular el Santo Padre también quiso acudir a la Plaza de Colón el domingo pasado, y decirnos a nosotros lo que decía al mundo entero desde aquel balcón de la cristiandad que es la Plaza de San Pedro. Sus palabras finales fueron verdaderamente luminosas y consoladoras: queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que en vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía". Sin duda que fue un regalo de Dios ese encuentro, un don que nos ha hecho bien y que nos ha hecho testigos. La Santa Familia nos acompañe en este nuevo año que comienza.
El Señor os bendiga y os guarde."





