Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.
Parece que fue ayer, y han pasado ya cinco años. Llevo un lustro entre vosotros, queridos hermanos cristianos de las Diócesis de Huesca y de Jaca. Aquel 14 de diciembre de 2003, memoria litúrgica de San Juan de la Cruz, amaneció pintado de bruma. No era la boira prieta de otras mañanas, sino un sugestivo celaje que venía a decirme que estaba todo por escribir en aquella historia que entonces comenzaba.
Coincidió con el tercer domingo de adviento, y la liturgia de la Iglesia nos convocaba a la alegría desbordante como preparación a la fiesta de gozo del nacimiento del Señor. Es la alegría de una Buena Noticia. Quien me llamaba al ministerio episcopal, me enviaba para anunciar esa alegría. Con la conmoción de traer lo que me supera del todo, me atreví a decir: os traigo una Buena Noticia, alegraos. Yo no era el Mensaje, sino su humilde mensajero, y esto es algo que me llenaba al mismo tiempo de estremecimiento y de gozo. El estremecimiento de quien tiene que enseñar una Palabra que otro pone en mis labios y de cuya sabiduría debía ser con mi pueblo siempre discípulo, pero el gozo de saber que la Verdad que anunciaba no tenía mi medida sino la de Dios. El estremecimiento de quien era encargado de algo tan grande como nutrir y acrecentar el bien y la gracia del Señor en este pueblo que Él me daba, pero el gozo de saber que de esa santidad también yo era el primer mendigo. El estremecimiento de tener que gobernar las comunidades cristianas que se me confiaban, pero el gozo de saber que ese gobierno realizado con autoridad, pasa por dar la vida amando concretamente a las personas que Señor me encomendaba a mi cuidado pastoral.
Lo que mueve y llena el corazón del hombre, de todo hombre, es el deseo de ser definitivamente amado. La vida es el torpe o el feliz comentario de este deseo infinito escrito en nuestra entraña. El acontecimiento cristiano es un hecho en la historia que narra con pasión y belleza que ese deseo de nuestro corazón es verdadero, y que Jesús ha venido para hacer posible que la exigencia de felicidad que nos embarga, sea cumplida en nuestra humanidad. Yo entonces pedía y pido cada día ser alguien que en su ministerio episcopal recuerda y acompaña ese deseo, mientras era acompañado por mis hermanos.
Concluía pidiendo ser ayudado para poder ayudar, e invocando la paciencia benévola con mis limitaciones para que mutuamente nos acompañemos en la aventura apasionante de pertenecer a Cristo y de contarlo a nuestra generación con belleza y pasión, a fin de poder suscitar la esperanza y el gusto por la vida en aquellos más amenazados o hundidos por cualquier causa.
Sí, han pasado cinco años. La gratitud es lo que en este día me hace elevar mi plegaria al Señor y renovar mi firme deseo de dejar mi vida por aquellos que Él me ha dado. No puedo dejar de reconocer mis muchas carencias, las propias de alguien que es pobre y limitado en lo que debería ser rico y dilatado: el amor y a entrega. Pero como siempre me sucede cuando confieso en el sacramento del perdón mis pecados, tras todas mis acciones u omisiones, tras todos mis excesos o defectos, tras todas mis palabras o silencios, queda lo que sólo Dios hace y dice como broche final. Es lo que me permite volver a empezar cada mañana, mirando si miedo ni rencor los que el Señor me ha confiado. Y con santa alegría y renovada disponibilidad voy hacia vosotros para volveros a anunciar esa alegría en la que consiste la Buena Noticia. Gracias por todo y por tanto. Rezad por mí. Yo lo hago por vosotros. El Señor os bendiga y os guarde.





