Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.
Se suceden las horas y los días, y con un trimestre ya enfilado vamos cada cual haciendo el camino. Termina el año cristiano, que toca a su fin con este domingo dedicado a Jesucristo Rey del Universo. Y al cuadrar las cuentas de cuantos unos y otros hemos venido haciendo a lo largo de toda esta andadura de un año que nunca antes había ocurrido ni nunca jamás volverá, tenemos la necesidad de hacer balance de lo que sucede.
La Conferencia Episcopal Española esta semana entrante se reúne para su Asamblea Plenaria de otoño. Habrá temas informativos, otros de seguimiento de las diferentes áreas pastorales que se nos asignan a los obispos en las diferentes comisiones episcopales (yo presido la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada y formo parte de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe). Tendremos que elegir a nuestro Secretario General dentro de esta Asamblea Plenaria, y además será siempre una ocasión para dialogar e intercambiar pareceres, hacer una serena reflexión de las cuestiones candentes que más nos afectan a los cristianos, y también tenemos la oportunidad de convivir y rezar juntos los obispos de las distintas diócesis españolas. Hay que rezar por el fruto de esta Asamblea Plenaria.
Pero, más allá de las coyunturas propiamente eclesiales de un año litúrgico que termina o de una reunión episcopal, hay otros temas de nuestro momento. Quería señalar dos:
Llevamos un tiempo en el que los cristianos en la India o en Irak son abiertamente perseguidos. Quema de iglesias, de escuelas, de hospitales. Amenazas que tantas veces terminan en masacre o desaparición de sacerdotes, religiosas, laicos cristianos que simplemente quieren vivir su fe, hacer el bien en sus lares, ser instrumento de paz y de perdón, sin hacer nada de esto contra nadie. Una intolerancia consentida, no denunciada ni intervenida, hace que queden al pairo estos hermanos nuestros a los que no ampara ninguna alianza de civilizados, ni funcionan las cancillerías de occidente tan prontas y tan prestas para intervenir con comunicados solidarios y gestiones eficaces, si fuera otro el credo y en lugar de a la cruz se atacara al turbante. A nadie deseamos lo que están sufriendo allí nuestros hermanos cristianos, a nadie. Pero no entendemos que haya este cordón sanitario que aísla la información y callando hace cómplice su indiferencia.
El segundo tema es la superpublicitada reunión del G-20, tan célebre entre nosotros por razones bien conocidas. Hago mío un párrafo que la organización católica “Manos Unidas” acaba de hacer público: La reunión del G-20 en Washington no puede ser una escenificación más del despilfarro y la palabrería de una amalgama de veinte países cuyas economías y sistemas políticos padecen vicios muy particulares. Mucho nos tememos que vamos a asistir a un debate centrado en cómo deshacer los desvaríos de las economías ricas basadas en la especulación financiera desbocada. Y quizá luego, si sobra algo, para arreglar un poco la vida de los pobres y los hambrientos, que son las víctimas de siempre. Desde Manos Unidas miraríamos con esperanza la reunión del G-20 si no intuyéramos que a iba a servir únicamente para que el G-8 busque la manera de salvar el crecimiento de los países ricos, a costa de adelgazar aún más las economías de los países pobres a base de planes restrictivos, privatizaciones y reducción de la cooperación al desarrollo.
Pero, realmente ¿se acordará alguien de esos 923 millones de hambrientos?
El Señor os bendiga y os guarde.





