Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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El Pueblo de Dios real.

Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.
 En el pasar de las hojas del calendario de cada día, voy poco a poco avanzando en la visita pastoral que vengo haciendo en el arciprestazgo de Sariñena, corazón de Los Monegros. El año pasado lo hice en los pueblos de las Cinco Villas de la diócesis jacetana, y un año antes en los pueblos de la montaña del Sobrarbe-Somontano del pre-Pirineo oscense.
      Cuando me encuentro con la gente en las calles y las plazas, o en la fila del ascensor del hospital o en sus pasillos y habitaciones, o en mi despacho para charlar y escuchar, tengo siempre esa gozosa y gratificante vivencia: es fácil querer a la gente sencilla y ellos saben quererte también. No hay interés ni paripé detrás, sino el testimonio fehaciente de un pueblo que reconoce a su pastor y el del pastor que se sabe parte de él. Yo no sabría calibrar el bien que puedan hacer mis palabras que digo con verdad y bondadosamente, o los gestos sinceros de ternura y cercanía, o la respuesta a sus preguntas que plantean con sinceridad desnuda. Pero sí que puedo atestiguar el bien que estas personas visitadas me hacen a mí.
      Me encontré con los abuelos de una residencia de ancianos. Así comencé la visita. En la misa pusimos como ofrenda de tantas cosas, una larga vida que peina ya muchas canas. Detrás de cada arruga se esconden tantas cosas buenas y malas, tantos momentos dichosos y no pocas lástimas. Pero sigue el empeño jamás rendido de vivir la vida, y de ayudarse en la convivencia mutua.
      Los enfermos que visité casa por casa, supusieron un hermoso testimonio de la vida cristiana. Venimos siempre a lo mismo, y no sólo cuando se amores se trata: en la salud y en la enfermedad, en las penas y en las alegrías… decir sí. No por un fatalismo infranqueable, sino por la convicción de que el Señor está en cada cosa, en cada circunstancia de nuestro camino, y todo se convierte en bien en los que aman a Dios, como nos decía San Pablo.
      Con los niños y los jóvenes fueron encuentros gozosos y llenos de chispa, en donde todo el despertar de sus años mozos se hace brinco, se hace sueño, se hace ternura, gracia y maravilla. A los zagales que confirmé les dije justamente eso: dejad que Dios crezca con vosotros, que no es rival de vuestra edad sino su mejor cómplice.
     Finalmente, los colaboradores de la parroquia y en primer lugar el mismo cura párroco, fueron para mí ocasión para la gratitud y el descanso. Me quedo admirado de la entrega de los sacerdotes que conservan lozano su deseo de servir al Señor en los hermanos que Él les confía, que son oyentes de la Palabra que luego predican y los primeros mendigos del Pan de la Eucaristía, que están cerca de su gente, de sus gozos y sus heridas. ¡Cuántos buenos curas que tanto bien hacen a las personas!
     Por eso me queda ese poso de alegría esperanzada cuando concluyo la visita pastoral a un pueblo. Hay mucha gente buena, sin resabios, con ganas de amar a Dios y de edificar su Iglesia. Es cierto que hay otras gentes que tienen mal corazón, que usan de la mentira, que se esconden cobardemente en las trincheras de sus rencores, que no logran maquillar su tristeza y que se desfogan con la insidia. Pero son tan pocos y tan acabados, que sólo vale la pena dedicarles una oración compasiva. Me quedo con el que propiamente es el pueblo del Señor real, por el que doy gracias, al que quiero acompañar, de quien me siento parte y al que bendigo en cada despertar pidiendo la gracia de saber repartirle una Gracia más grande que yo.
     Ánimo. El Señor os bendiga y os guarde.