Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Escuchar a Dios lo que dice y lo que calla.

 Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.
 Tras el Sínodo que se dedicó a la Eucaristía, se ha celebrado en Roma otro en torno a la Palabra de Dios. Forman ambos un mensaje a los cristianos de nuestra generación con las dos presencias más queridas de Dios entre nosotros: el Señor acompaña nuestra vida dándonos su vida hecha Pan sagrado que sacia nuestras hambres, y hecha también susurro hablado que colma de respuesta todas nuestras preguntas.
 El Santo Padre junto a los obispos designados y otros participantes, han reflexionado sobre la importancia que tiene la Palabra de Dios en nuestra vida cristiana del momento actual. El como Palabra de buena nueva que Dios nos ha pronunciado para siempre en su Hijo, se hace fuego que ilumina y verbo que nos habla.
      Hay un bello texto del libro de la Sabiduría: “Cuando un silencio lo envolvía todo, y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, saltó de tu trono real de los cielos a una tierra al exterminio” (Sab 18,14-15). Toda la historia de la salvación pende de esta verdad expresada por el autor sapiencial: un silencio y una noche que han sido vencidos, ganados por una palabra acampada que nos ha traído la luz que no conoce ocaso. Dios ha puesto su tienda en medio de todas nuestras contiendas, salvando cualquiera de nuestros exterminios.
      Efectivamente, Dios nos acompaña hablándonos. Dios diluye nuestra soledad poniendo discreto su Palabra entre nosotros y en nosotros mismos, como si fuera un fuego hermano que ilumina ni caldea los pasos de nuestra aventura humana y creyente. La Palabra de Dios es fuego, sí. Un fuego que se hace elocuente y luminoso a la vez, un fuego que alumbra sin deslumbrar, que purifica sin destruir. Siempre estaremos en vilo en el trance de esperar y reconocer la palabra para la que nacimos, una palabra que por venir del mismo Dios quiso Él acallarla desde siempre para decírmela a mí y para decirla conmigo.
      Siempre seremos menesterosos de esa Palabra de Dios que hace las cosas “diciéndolas” (“dijo Dios... hágase” Gén 1-2). Cada uno de nosotros somos una palabra del Señor dentro de esa gran conversación que es la historia, aunque no pocas veces nos empeñemos en quedar mudos por decirnos demasiado a nosotros mismos y por no escuchar otras palabras hermanas, ni escuchar juntos los hablares de Señor. No obstante, hemos nacido para esa Palabra por antonomasia que es palabra de fuego, llama encendida. Y toda nuestra vida clama de mil modos en la espera de esa especie de acontecimiento en el que finalmente suceda el encuentro con la palabra para la que hemos nacido.
      Dejemos hablar al Señor que se nos revela o se nos oculta, para acercarnos en cualquier caso su buena noticia en lo que nos dice o en lo que nos calla. La Palabra de Dios ha sido acogida por la Iglesia, celebrada en la liturgia, testimoniada en sus santos, proclamada en los misioneros, explicada por los teólogos, cuidada por el silencio de los místicos, y compartida por cada generación como un anuncio salvífico que a buena noticia sabe. Hemos nacido para la escucha de esta Palabra encendida, en cuyo cálido y luminoso hogar se nos invita a vivir con toda la Iglesia el santo Evangelio.
      Nos ponemos ya a la espera de la exhortación apostólica que el Papa escribirá como resulta de este Sínodo dedicado a la Palabra de Dios. Como María, a quien en octubre rezamos especialmente con el rosario, guardemos en el corazón lo que el Señor nos dice y compartámoslo en los mil gestos solidarios de una caridad que se hace abrazo y compasión.
     El Señor os bendiga y os guarde.