Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Carta abierta.

  Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.
     Hay cartas y fotografías que se guardan con especial cuidado, como quien conserva unas letras o una imagen de alguien querido, de alguien importante en nuestra vida. Hay toda una literatura que se entretiene ensimismada en ese noble ritual de guardar esos objetos de tan alto significado para quien con ellos tiene viva la memoria de una persona especial. En una carta se puede seguir leyendo y releyendo un mensaje, una emoción, un sentimiento, un relato de fidelidad. En una foto se sigue acariciando la presencia querida de alguien que una máquina fotográfica captó en un instante que no queremos echar en el olvido.
     Pero esto también sucede con la memoria de los santos. Nuestro gran escritor Fray Luis de León dejó escrito sobre Santa Teresa lo siguiente: “yo no conocí ni vi a la Madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra; mas ahora que vive en el cielo, la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros”. Siempre me pareció hermoso ese modo de describir una herencia espiritual: la santa castellana, la andariega Teresa, podía aún ser reconocible en sus hijas las carmelitas y en los libros que escribió.
     Me viene este pensamiento al considerar lo que San Pablo escribió a los cristianos de Corinto: “Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Evidentemente sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones” (2 Cor 2, 2-3). Sí, la vida cristiana está llamada a ser una imagen viva, una fotografía viviente, y una carta que con la vida se deletrea, se lee y se proclama delante de quien quiera entender.
     En este domingo primero de octubre, las diócesis aragonesas celebramos el día de la educación en la fe, el día en el que oficialmente ponemos en marcha nuestros diversos grupos de catequesis en las parroquias. Se ha tomado como lema este texto paulino: sois carta de Cristo. Una de las tareas primordiales del obispo y de los sacerdotes es catequizar, pero los religiosos y los laicos también están convocados a vivir su fe acompañando a los hermanos (ya sean niños, jóvenes o adultos) en la educación de la fe. Precisamente educar significa eso: enseñar a mirar y a vivir la realidad desde una compañía que me ayuda. La educación en la fe es la labor de la acción catequética.
     Doy gracias al Señor por tantas personas de nuestra diócesis que como catequistas emplean su tiempo, sus dones naturales, su cultura, y su vivencia cristiana en este trabajo hecho en gratuidad y muy generosamente, catequizando a las personas que la Iglesia les confía para este menester. Ayudémonos a ser carta de Cristo, ayudémonos unos y otros a que se pueda leer en nuestro corazón lo que el Señor y los santos han ido en él escribiendo.
     No se trata de entretener a los más jóvenes, ni tampoco de inyectarles una ideología religiosa, sino de abrirles al Misterio que en Cristo se nos ha revelado, que se nos ha hecho visible y audible en esa historia de salvación a la que hemos sido incorporados. Ser catequista es enseñar a leer la carta que Cristo quiere escribir en nuestro corazón, y enseñar a consentir que el Señor la pueda verdaderamente escribir. Así nos convertimos en un mensaje vivo, como un icono que acompaña o una carta que nos habla. Esto es lo que la diócesis y las parroquias nos confían y a lo que nos alientan cuando educamos en la fe a los niños, a los jóvenes y a los adultos, según la fe de la Iglesia.
     Recibid mi afecto y mi bendición.