Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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El agua y el molino de la vida.

  Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.
     Decimos en nuestro refranero que “agua pasada no mueve molino”, es decir, que el agua que ya perdimos no llegará a mover nuestra rueda, ni a regar nuestros campos, ni a saciar nuestra sed, ni a limpiar nuestras manchas. Sencillamente pasó, y con su paso fugitivo se llevó su encanto, su canto y su bondad.
     Termina la Expo de Zaragoza, dedicada monográficamente al agua. Sin duda ha quedado manifiesto a través de las exposiciones, conferencias, iniciativas artísticas y mensajes, la sensibilidad de nuestro momento histórico por un bien tan precioso como es el agua. Cada país o región participantes, han querido sumar su talento e imaginación para decir una palabra sobre el regalo del agua para nuestra vida personal y social. Pero, acabada la Expo, desmontados los pabellones el agua vuelve a su cauce de normalidad ocupando discreta su lugar tan anónimo como imprescindible en nuestra vida. El molino de nuestra vida, necesita de agua que la siga moviendo. El molino del corazón precisa del agua que lo siga conmoviendo. En lo más íntimo así como en lo más público, necesitamos de un agua verdadera que ponga correspondiente lo que precisamos para vivir y para convivir.
     Pero hemos de acertar con ese agua que reconoció fraternamente San Francisco: «Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, /la cual es muy útil, y humilde, y preciosa, y casta». Porque hay otras aguas que no solamente no mueven molinos ni conmueven corazones, sino que hacen daño. A diferencia de la que cantaba el santo de Asís, se trataría de un agua inútil, altanera, corrupta y violada. La gota fría puede llovernos desgracias cuando anda mediano el otoño, y también la lluvia ácida puede envenenar nuestros campos con su orvallo maldecidor. No, no todas las aguas nos traen la bendición del Creador.
     Lo recordé en la pasada festividad de San Lorenzo, tras haber visto en un bellísimo óleo en el pabellón de la Santa Sede en la Expo al santo mártir oscense junto al cantor de la hermana agua, San Francisco de Asís. El agua que bendice es la que nos lava limpiándonos de lo que mancilla cada jornada; el agua que nos refresca abrevándonos la sequedad de la garganta; el agua que fecunda nuestra tierra levantando la condena de barbecho y haciendo nacer las semillas escondidas en su entraña; el agua que nos acerca humilde su cantar cuando baja saltarina en los arroyos de nuestra montaña o se esconde discreta en los veneros hasta llegar bendita a nuestras comarcas. El agua nos regala todo eso y mucho más, como una bendición del cielo cuando Dios nos llueve su bondad y su gracia. De esta agua todos nos sabemos sedientos y le pedimos al Señor que nos la dé con ese precio tan suyo que responde a la gratuidad más de balde y obsequiada.
     El agua de Dios, es la que más necesitamos para que nuestra sed de felicidad sea calmada y colmada, los surcos de nuestros sueños sean convenientemente regados, los labios de nuestra alabanza sean capaces de seguir cantando, y la mancha de cuanto ofende a Dios y hiere a los hermanos sea enérgicamente lavada.
     Por eso, ante aguas que no sacian, ni limpian, ni fecundan, ante tantas aguas falsas que pretenden engañarnos en aquello que más mendigos somos ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos, podríamos decir en un juego de palabras aquella oración que rezaba un hombre harto de la mentira: Señor, dame un poco de sed, que me estoy muriendo de agua. Es el agua que como bendición precisa y puntual Dios hará brotar también para nosotros, como un manantial que salta hasta la vida eterna.
      Recibid mi afecto y mi bendición

.+ Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca.