Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Pablo, palabra como espada.

Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.
 El Papa ha convocado a todos los católicos del mundo para que peregrinásemos a ese lugar especial que conserva los restos del gran Apóstol misionero que tras su encuentro con Cristo en el camino de Damasco, no cesó de evangelizar -¡ay de mí si no evangelizare!-. Y lo hizo como se hacen las cosas grandes de la vida: con sencillez y verdad, sin poder dejar de hacerlo, como quien quiere contagiar y compartir lo que ha supuesto un cambio en su vida, un cambio como un enamoramiento, como un volver a nacer, como un recuperar la vista y darse cuenta de tantas cosas cuando se miraban desde ese ventanal que son los ojos de Dios. Ha comenzado un año santo paulino. No se trata de reflexionar sobre una historia pasada, sino hacer sitio a alguien que quiere hablar con cada uno de nosotros hoy como nuestro maestro en la fe y la verdad, nos ha dicho Benedicto XVI.
      Hay un testimonio que nos da en la carta a los Gálatas: “vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Sobresale en Pablo su vivencia personal de un Dios vivo, tan vivo que ha sido capaz de amar hasta abrazar lo más torpe y mezquino de la vida, teniendo a cada persona como objeto de un amor real y personal. Todo el arrojo de ese Apóstol no tenía en la elocuencia mundana su artificio, sino en la convicción de estar dispuesto a narrar de mil modos sin escatimar nada su encuentro de Cristo resucitado.
 Este apóstol descubrió que no se puede disociar a Jesús de la Iglesia. Como ha dicho el Papa, persiguiendo a la Iglesia, Pablo persigue al mismo Jesús. “Tu me persigues”. Jesús se identifica con la Iglesia en un solo sujeto. Todo un mensaje para todos los tiempos, y especialmente para el nuestro que a veces con ignorancia ideologizada se pretende contraponer al Señor y a nuestra Santa madre Iglesia, para hacer de ésta cualquier cosa que se ajuste a nuestra interesada visión.
 El Papa concluyó con un comentario sobre una palabra tardía de San Pablo, una exhortación a Timoteo desde la prisión, frente a la muerte. “Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio”. Esta palabra, que está al final de los caminos recorridos por el apóstol como un testamento, nos lleva hacia atrás, al comienzo de su misión. Mientras, después de su encuentro con el resucitado, Pablo se encontraba ciego en su habitación en Damasco, Ananías recibió el encargo de ir donde el perseguidor temido e imponerle las manos, para que recuperara la vista. A la objeción de Ananías que este Saulo era un perseguidor peligroso de los cristianos, le es dada la respuesta: Este hombre debe llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre”. El encargo del anuncio y la llamada al sufrimiento por Cristo van inseparablemente juntas. En un mundo en el que la mentira es prepotente, la verdad se paga con el sufrimiento. Quien quiere esquivar el sufrimiento, aleja la vida misma y su grandeza; no puede ser servidor de la verdad y así servidor de la fe. No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia de sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Allí donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, la misma vida pierde su valor.
 Iremos a través de este año haciendo una peregrinación al corazón de este Apóstol, a sus cartas, para descubrir su amor apasionado por el Señor y para dejarnos acompañar por su intercesión luminosa y eficaz.
      Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca.