Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

Las piedras de nuestras iglesias: su secreto.

Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.

            He visto en las pequeñas iglesias de nuestra diócesis cómo las personas aman sus ermitas y cómo allí está escrita parte de la historia creyente de nuestra mejor gente. Me lo brinda la visita pastoral que estoy realizando en Los Monegros, como antes lo hice en las Cinco Villas o en el Sobrarbe-Somontano. Cuando me enseñan con gozo y dignidad la iglesia de su pueblo, no simplemente me muestran un edificio religioso, sino –como es en verdad– una estancia de su hogar. Esa casa, por ser la de Dios, les pertenece, porque se les ha invitado a entrar y a quedarse en ella, porque allí habita Alguien que les entiende, les espera, les consuela y fortalece.

            “¿Para que sirve un camino, si no conduce a una ermita?”, se preguntaba una anciana madre rusa, en una de las más entrañables novelas del gran escritor Fedor Dostoiewski. Cuántos caminos de nuestros pueblos serranos o llanos conducen precisamente a una ermita. Allí está escondido como el más discreto y profundo secreto mucho de cuanto nuestros mayores a través del tiempo han ido volcando en las visitas a su ermita. Y me lo pregunto muchas veces ante quienes hoy continuamos esa historia acudiendo sin cesar. ¿De qué nos hablarían esas piedras, si pudieran decirnos -sin romper su secreto- lo que han visto y oído?

            Los momentos más luminosos de nuestra vida han sido alumbrados allí: el nacer de nuestros pequeños, cuando los llevamos a bautizar haciéndoles hijos de Dios; la infancia inocente que se abre a Dios como se abre a la vida, cuando le hacemos ver que su corazón tiene otra hambre distinta, hambre de Dios que se sacia en la Eucaristía de la primera comunión y de tantas otras que luego vendrán; la adolescencia, que por definición suele ser rebelde y confusa, en esa encrucijada en la que ya no se es más niño y aún no se sabe ser adulto, y ahí se recibe como don y compañía al Espíritu que Jesús prometió y en el que confirmamos la fe de los jóvenes; el amor de los esposos que se dicen sí entre ellos al abrigo del sí del mismo Dios prometiéndose amor y fidelidad siempre, en las duras y en las maduras todos los días de la vida; la consagración de quienes llama el Señor a la vida sacerdotal o religiosa, cuando se recibe el envío de quien primero nos consagra a Él y entre nosotros nos hermana.

            Pero también los momentos más complejos y duros, son vividos en ese vaivén del ir y venir a nuestras iglesias y ermitas: cuando tropezamos y caemos mil veces en la piedra de nuestros errores y pecados, y recibimos el perdón del Señor que Él nos brinda en la confesión como la Iglesia nos dice; la ancianidad o la situación de enfermos, ese desvalimiento que abraza Dios como quien estrecha un ser querido y maltrecho para ayudarle y consolarle; finalmente allí también somos despedidos en el adiós último de nuestra andadura humana cuando dejamos todo el equipaje ligero de la travesía de esta vida para iniciar la espera resucitada de la otra orilla venidera.

            Las piedras de nuestras iglesias y ermitas guardan ese secreto esencial. Pero ahí vamos todos desfilando según el paso de nuestro tiempo: niños, jóvenes, adultos y ancianos. Desde la incertidumbre de quien tiene todo por aprender hasta el asombro de quien pasmado comienza a olvidar tantas cosas en su frágil memoria. Dios está entre nosotros, viviendo como uno más sin ser un vecino cualquiera, sabiendo enjugar nuestras penas y brindar nuestra alegría,  jugando con nuestros sueños más nobles y temiendo nuestras peores pesadillas.

            Este Dios se cruza con nosotros en tantos momentos en los que nos suceden las cosas mientras transcurre la vida. Ese Dios nos abre su casa, a nuestra edad y en la actual circunstancia de cada uno, para permitirnos gozar de su gracia y cercanía. No me engañan los buenos cristianos de nuestra tierra diocesana, ni me falsean el mensaje las piedras y sillares de nuestras iglesias si hablarme pudieran. La vida transcurre mientras el Señor la mira, y bajo sus ojos estamos ciertos de que no nos faltará jamás la gracia que la hace bendita.

Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca