Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Dolor esperanzado.

Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.
      Un domingo cualquiera me encuentra yendo a algún pueblo de visita pastoral, o acudiendo a alguna romería en este tiempo. El encuentro con la gente, con ese pueblo que el Señor me ha confiado, es motivo de alegría. Pero no siempre un domingo del obispo transcurre así. Escribo estas líneas temprano, apenas al volver del tanatorio de Huesca. Sin cita previa he debido ir, porque una convocatoria indeseada reunía a una madre, dos hermanos y un puñado de buena gente allí. La prensa oscense nos lo ha contado en sus páginas e informativos de radio y televisión: un hombre joven de 35 años ha perdido la vida mientras trabajaba en su laboratorio de pirotecnia. No le valieron los muchos años de pericia en este trabajo de tan alto riesgo, y una deflagración ha destruido esa caseta y esa vida.
 ¿Qué puedes decir ante semejante trance de una madre rota por el dolor y unos hermanos que se arropan buscando todos un consuelo que se aviene mal con el llanto y la pena por una desgracia tan dura? He tenido la ocasión de volverlo a comprobar en las Diócesis de Huesca y de Jaca, cuando en el ir y venir por nuestros pueblos, en el acercarme a visitar enfermos en los hospitales, te encuentras con esa realidad de un dolor humanamente tan tremendo. Y porque no aciertas a decir la palabra justa, la dices callando, en silencio. No un silencio mudo, bronco y asustado, sino un silencio que deja hablar a la fe y al afecto de un modo respetuoso y discreto. Así he querido dar un beso a esa madre buena y a esos hermanos abrumados por el dolor. Luego hemos hecho una oración para pedir el descanso eterno del joven José Mainar, y la paz que llene de esperanza nuestros corazones.
 Nos quedamos todos boquiabiertos con asombro de niños, cuando vemos en el cielo de nuestras noches de fiesta ese juego de luz y sonido de los cohetes y tracas que ponen el broche final al festejo compartido. Y todos, apiñados, nos dejamos conquistar por esa explosión de alegría cuyo embrujo y cuyo estruendo llena de color travieso nuestras retinas. Pero en esta ocasión, la explosión ha puesto ante nuestra mirada el fuego de un artificio distinto, ese que acompaña la muerte tan temida y tan inoportuna siempre.
 Si todo terminara así, si todo acabase aquí, seríamos los más desgraciados de la tierra. Seríamos esa pasión inútil, esa pena lastimera, que sólo tiene como salida aguantar el golpe con la dignidad que se puede, pero sin poder rechistar ante tamaña provocación. Para los creyentes no todo termina así, ni aquí tampoco. Encontramos a Dios que sin aprovecharse de semejante trance, respetando como nadie la prueba de tan alto dolor, solloza detrás nuestro llorando con nuestras lágrimas mientras nos ofrece la esperanza de una paz cierta. Esa paz que más necesita nuestra alma en estos momentos. Esa esperanza que se hace promesa y que coincide con lo que nuestro corazón más desea y anhela.
 Y como algo casi increíble, como algo que no sabemos explicar, pero que sí entiende nuestro sentido creyente incluso en quienes tuvieran una fe débil y confusa, creemos que tiene más razón la respuesta de Dios que nuestro dolor ciego, que tiene más razón porque se corresponde más con nuestro más noble deseo: la esperanza de resucitar y de volver a vivir sin llanto, ni luto ni duelo con los que Dios mismo nos dio, es más humana que nuestro tormento blasfemo. Eso nos ha prometido el Señor, y junto a Él en esto consiste el cielo.
 Pido al buen Dios el eterno descanso para José, y el consuelo cristiano para su madre y hermanos, para cuantos aquí le han querido y gozado, con la esperanza cierta de un feliz y eterno reencuentro. El verdadero fuego de luz y lumbre para el que nacieron nuestros ojos no encuentra en la muerte la fatal traca final, sino esa promesa con la que Dios enjuga nuestro llanto y nos asoma a la vida eterna de una fiesta sin fin para la que fuimos hechos.
      Recibid mi afecto y mi bendición.

Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca.