Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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María, lagar de nuestro viñedo.

 Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
 Estamos terminando el mes de mayo. Forma parte de nuestra religiosidad popular el dedicar un mes tan especialmente florido que le llamamos “el mes de las flores”, todo él consagrado a la memoria de María. Desde nuestra más tierna infancia así lo hemos vivido tantas generaciones con nuestros modos y maneras.
 Tantas buenas mujeres que hemos conocido y están en nuestras familias, pueblos y ciudades, se llaman María. Cada una con su rostro, con su encanto y con su don. La señora María no es una manera genérica y anónima de referirnos a una mujer inexistente, como cuando hablamos de fulano o mengano para hablar de nadie o de cualquiera. Máxime cuando en la tradición cristiana, la Señora María tiene un lugar tan precioso y preciso que no es imaginable el cristianismo sin su aportación.
 Y aunque nuestro calendario está salpicado por las festividades de la Virgen que nos recuerdan precisamente ese lugar en la historia de nuestro pueblo fiel (la Inmaculada Concepción, la Anunciación, la Visitación, la Purificación, la Asunción), cada rincón de nuestra geografía católica tiene alguna advocación particular con la que se dibuja en rasgos propios la devoción filial hacia esa Madre de todos.
 María representa esa compañía que el Señor nos dio para continuar la historia que con Él tuvo comienzo. Al pie de aquella cruz, un Jesús agonizante constituyó la nueva familia cristiana llamando a María “madre” de Juan, y haciendo de éste el “hijo” de María. Ahí estábamos todos, apiñados en torno a aquella muerte que preludiando la vida, de pronto y para siempre nos hizo a todos los que somos hermanos de Jesús, los hijos de María.
 Por eso la Virgen Madre estará como están todas las madres: discretamente presentes, pero sin las cuales la vida no va, le falta algo, le falta el pan y la paz. Tendrá que reunir a los discípulos asustados y todavía huidizos, para que oren en la espera del Espíritu que Jesús prometió. La fiesta de Pentecostés les sorprende a todos ellos, a aquella primitiva Iglesia que aún estaba encerrada a cal y canto por miedo a los judíos, orando con María, la Madre de Jesús y de cada uno de ellos.
 Pero no fue sólo en aquel trasiego del Viernes Santo hasta Pentecostés cuando la discreta presencia de María hizo posible la vida y la esperanza de la comunidad de Jesús, sino que también tenemos una escena preciosa en la que queda manifiesta esa mediación especial: las bodas de Caná. Estaban los novios, que eran lo importante, pero faltó el vino y entonces la fiesta se aguó. María estuvo atenta a las pequeñas cosas, para que las grandes no se apocaran. Y Jesús hizo el milagro de convertir en vino sabroso un agua insuficiente.
 María es el lagar de nuestro viñedo, cuando en nuestras fiestas y romerías, y en las bodas de la vida, nos falta el vino de la alegría, de la fe, de la esperanza y del amor. Siempre encontraremos el mismo mensaje: haced lo que Él os diga, porque esto es lo que ella misma vivió: hágase en mí según tu Palabra.
 Celebrando un año más el mes de mayo florido que ahora termina, reconozcamos en la Virgen esa cercanía que se hace milagro cierto, mientras se transforman nuestras aguas insípidas e incoloras, en el vino mejor de quien brinda la vida bendecida por Dios.
 Recibid mi afecto y mi bendición.

Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca.