Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Zonas verdes para escuchar. Los monasterios.

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
 Fue el Papa Pablo VI quien definió así a los monasterios: zonas verdes en medio del asfalto del ruido. En este domingo celebramos la Jornada Pro Orantibus: por los que oran en la vida contemplativa. El Evangelio, como Palabra de buena nueva que Dios nos ha pronunciado para siempre en su Hijo, se hace fuego que ilumina y verbo que nos habla. Mientras que el silencio posibilita la escucha de una palabra, el mutismo acorrala en el rechazo que censura cualquier hablar. Así como la noche es un tiempo de espera al alba que cada día se nos da, la tiniebla es la imposición oscurecida que nos hurta siempre un deseado clarear. Dice el libro de la Sabiduría: “Cuando un silencio lo envolvía todo, y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, saltó de tu trono real de los cielos a una tierra al exterminio”. Toda la historia de la salvación pende de esta verdad expresada por el autor sapiencial: un silencio y una noche que han sido vencidos, ganados por una palabra acampada que nos ha traído la luz que no conoce ocaso. Dios ha puesto su tienda en medio de todas nuestras contiendas, salvando cualquiera de nuestros exterminios.
      Dios nos acompaña hablándonos. Dios diluye nuestra soledad poniendo discreto su Palabra entre nosotros y en nosotros mismos, como si fuera un fuego hermano que ilumina y caldea los pasos de nuestra aventura humana y creyente. La Palabra de Dios es un fuego que se hace elocuente y luminoso a la vez, un fuego que alumbra sin deslumbrar, que purifica sin destruir. Siempre estaremos en vilo en el trance de esperar y reconocer la palabra para la que nacimos, una palabra que por venir del mismo Dios quiso Él acallarla desde siempre para decírmela a mí y para decirla conmigo.
      No en vano, la Palabra es el tema del próximo Sínodo de los Obispos en su XII Asamblea General Ordinaria, «la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia». Hay una continuidad con el tema eucarístico del Sínodo anterior, por el estrecho nexo entre Palabra de Dios y Eucaristía.
 Cada uno de nosotros somos una palabra del Señor dentro de esa gran conversación que es la historia, aunque no pocas veces nos empeñemos en quedar mudos por decirnos demasiado a nosotros mismos y por no escuchar otras palabras hermanas, ni escuchar juntos los hablares de Señor. No obstante, hemos nacido para esa Palabra por antonomasia que es palabra de fuego, llama encendida. Esta es la novedad antigua y siempre por estrenar: que Dios ha hablado, que no ha dejado de hablar y de tantos modos me ha dirigido su palabra. Dios nos lo dijo todo en su Hijo bienamado. Aquella Palabra aparentemente enmudeció en una muerte no fingida. Pero esa Palabra vive y habla para siempre tras la resurrección.
 Jesús mismo nos pidió que guardásemos sus palabras, aunque la pequeñez frágil y vulnerable de nuestra vida hace que no siempre las entendamos o que fácilmente lleguemos a olvidar lo que a duras penas hemos entendido alguna vez. Y esta es la hermosa vocación de tantos hermanos nuestros que en la vida contemplativa claustral hacen de su silencio un espacio donde escuchar la Palabra de Dios. Precisamente en un mundo de tanto ruido y tanta prisa, estos hermanos y hermanas nos recuerdan eso único necesario que es preciso no olvidar jamás, cuando a los pies del Maestro divino escuchan su hablar llenando de sentido un silencio que se hace elocuente para ellos y para toda la Iglesia. Demos gracias al Señor por tan preciosa vocación consagrada, presente en nuestra Diócesis.
     Recibid mi afecto y mi bendición.

Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca.