Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Salir a la plaza pública.

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
      Culminamos este domingo de Pentecostés el tiempo de Pascua. La escena nos la describen los Hechos de los Apóstoles: los discípulos asustadizos y fugitivos, estaban encerrados en el Cenáculo por miedo a los judíos. Oraban con María, la madre del Señor, y algunas mujeres más. Hasta que sucedió el acontecimiento, entre inesperado y descreído: la llegada del Espíritu prometido.
     De pronto los escondidos en el refugio de su temor, saltan a la plaza pública; los acallados que se quedaron sin palabra quizás de tanto que tenían que contar, comienzan a hablar; los que malamente sabrían el arameo que aprendieron de su madre, se despachan en todas las lenguas del mundo mundial. Era un milagro de libertad al salir de su escondrijo. Un milagro de bondad contar la historia más conmovedora que sabe a buena noticia de Dios. Un milagro singular por el que las maravillas de Dios tienen cabida en otras culturas, se cuentan en otras lenguas, y a todos les deja llenos de estupor y boquiabiertos, en el pálpito sin púlpito de la predicación más especial, esa que coincide con la vida.
     Se entretiene san Lucas a narrarnos las procedencias de los que llenaban aquella plaza mañanera del día de Pentecostés, y cuáles eran los lenguajes en los que hablaban. Era un espectáculo de internacionalidad. El Espíritu no dijo nada nuevo: sólo les enseñó y les recordó lo que para siempre el Padre dijo en Jesús. Había cosas que no se entendían, y el Espíritu las desveló en plenitud con su enseñanza, y había otras cosas que a pesar de haber sido entendidas, tan pronto se llegaban a olvidar, por lo cual el Espíritu las recordaba.
     Así ha venido haciendo el Espíritu del Señor a través de los dos mil años de la historia de la Iglesia. Pero en ese Pentecostés continuo que representa el cristianismo a través de los siglos, hoy celebramos también el día del Apostolado Seglar. Es una jornada en la que de modo particular los laicos cristianos son contemplados con gratitud, con esperanza y con responsabilidad.
     No todo lo deben ni lo pueden hacer los sucesores de aquellos Apóstoles, que son los obispos junto a sus colaboradores los sacerdotes. Tampoco los consagrados en sus respectivas familias religiosas pueden ni deben agotar toda la riqueza que supone actuar como cristianos. Los laicos tienen una función preciosa y precisa, de ser fermento en medio de la masa, de ser presencia cristiana en medio de la plaza pública. Los distintos caminos laicales, con su nombre y su carisma, con los que el Señor bendice nuestra diócesis, son un regalo para nuestra Iglesia. Cada uno tiene su estilo, su idiosincrasia, su función. Y cada uno responde a un don que todos reconocemos como venido de Dios.
     Más veces me he referido a las tres “filiaciones” que todo movimiento apostólico laical debe tener: ser hijos de Dios, hijos de la Iglesia e hijos de la época. No todos los que se presentan como comunidad cristiana o movimiento cristiano lo son en verdad, si les falta alguna de estas notas: saberse en comunión con Dios (el que nos reveló Jesucristo), comunión con la Iglesia (la del Señor, no la que ellos se imaginan o reivindican), y comunión con la época (esa que tiene sus luces y sombras, sus pecados y gracias, la época actual).
     Sólo estas comunidades cristianas y estos movimientos son capaces, sin préstamos extraños y sin disidencias, de contar a nuestros contemporáneos la vieja historia y siempre nueva de las maravillas de Dios, esa que acerca a cada generación la salvación cristiana, y la que sabe llenar la plaza pública de cada tiempo, de la paz, la gracia y la verdad de Dios.
     Doy gracias al Señor por el regalo que suponen nuestros laicos cuando sabiéndose de nuestro tiempo, viven gozosos en la Iglesia y buscan la gloria de Dios.
      Recibid mi afecto y mi bendición.

Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca.