Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
El pasado día 14 fallecía cerca de Roma Chiara Lubich, fundadora de la Obra de María o Movimiento de los Focolares. En el siglo XX el Señor ha suscitado en su Pueblo preciosos caminos que han ayudado a laicos, sacerdotes y consagrados a vivir su vocación como verdaderos hijos de Dios, hijos de la Iglesia e hijos de su tiempo. Cuando falla alguna de estas tres “filiaciones”, se termina en la esterilidad triste y en una disidencia que aleja de Dios, no abraza al hombre real ni logra construir la comunidad cristiana. Chiara tuvo esa triple “filiación” y el importante movimiento que con ella el Señor suscitó, ha dado preciosos frutos dentro y fuera de la Iglesia como revitalización cristiana, compromiso cultural y ecuménico.
Como una joven llena de ideales nobles y hermosos, Chiara y sus amigas hacían proyectos de una vida toda ella por vivir aún. No era la margarita que deshojaban entre el sí o el no de un pálpito incierto, sino la certeza de quien sabe lo que quiere en la vida y lo que en la vida a ellas les querían. Algunas pensaban en un hogar con el hombre de sus sueños y los hijos compartidos como bendición del cielo, otras aspiraban a darse todo lo más a quienes más lo necesitasen en un alarde de entrega y caridad, también estaba quien apasionada por la verdad deseaba ir a la universidad y dedicar lo mejor de sus preguntas y la paciencia de sus pestañas para indagar en la belleza de lo verdadero.
Chiara y sus amigas todo esto lo compartían en aquel año 1943 antes del bombardeo en su Trento natal. Pero algo sin cita previa malagüera, se les impuso tenaz aquel día inolvidable: la margarita de sus sueños de pronto perdió todas sus hojas posibles porque estalló la pesadilla indeseada del odio y la barbarie. Aquel bombardeo segó para siempre lo que un grupo de chicas jóvenes, en su inocencia y en su pureza eran capaces de soñar lo mejor de la vida.
Aparentemente ahí terminaba todo, así se truncaba todo, no había más. Los escombros sepultaban una historia aún no vivida, y no había en el mundo un lugar a donde salir corriendo para esconder sus lágrimas, o su desolación y rabia quizás.
Pero sucedió algo aún más imprevisto, algo que en forma de pregunta brotó del corazón de Chiara y sus amigas: ¿existe un ideal que no haya bomba alguna que lo pueda destruir? Dios, se dijeron asombradas, Dios y sólo Dios. A Él le daremos nuestra vida, nuestros pensamientos, nuestro corazón y nuestros ensueños.
Y comenzaron a leer el evangelio como una luz más potente que toda la oscuridad de aquel túnel de la guerra. Aparecieron palabras nuevas sin ser desconocidas, y reclamos de alegría que contagiaba de esperanza tanta desesperanza destruida: amar al otro como lo ama Dios, darle mi atención, mi afecto y mi tiempo, y vivir de tal modo unidos que Jesús esté en medio como Él mismo prometió, y hacer nuestra la gran plegaria de Jesús de que todos seamos uno para que el mundo crea.
Todo esto sucedió como luz y gracia, en aquel momento tan oscuro y desgraciado que siempre conlleva una guerra. Nació de este modo un carisma que ha llenado de alegría santa, de unidad sincera, de amor a Dios y a su Iglesia, de entrega al prójimo próximo sin importar su religión o bandera.
Hace unos días el Señor llamó a Chiara a ese Paraíso del que ella fuera peregrina y al que a tantos ha acompañado en la tierra. Pedimos por su eterno descanso, mientras agradecemos el subrayado evangélico, el recordatorio cristiano que ha supuesto su vida entre nosotros. Que sea ahora su obra y sus hijos quienes continúen de parte de Dios y de María, lo que en Chiara tuvo tan hermoso y eclesial comienzo.
Recibid mi afecto y mi bendición.
Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca





