Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Salir corriendo más allá de los sepulcros.

Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
 Salieron corriendo al saber la noticia. Es verdad que unos y otros dijeron cosas, recordaron palabras del Maestro, pero fue un mazazo tremendo aquel viernes santo cuando vieron pender de una cruz maldita al autor de la vida. Y estuvieron de acá para allá aquellos tres días, como sonámbulos, como zombis irredentos a los que les arrancaron el ansia y el tiempo. No había nada que hacer, se decían. ¿No le visteis de lejos cómo agonizaba? ¿Acaso no os fijasteis cómo inclinó la cabeza ante la complicidad de los cielos cerrados, del sol eclipsado y la esperanza yerta?
 Así fue aquella mañana especial. Un olor a tierra amanecida llenaba de perfume como el jazmín o el azahar en Sevilla cuando llega su abril. Aquellas horas primeras de una insólita porfía puso en pie a Pedro y a Juan. Qué hermoso es el cuadro inolvidable titulado “Los Apóstoles Pedro y Juan en camino de la Tumba la mañana de la resurrección”. Su autor, Eugène Burnand plasmó en su lienzo en aquel lejano año de 1898, lo que de suyo es intemporal: que la oscuridad, el sinsentido y la muerte no pueden tener la última palabra, sea cual sea nuestra circunstancia. Hay penúltimas palabras palabra difíciles de escuchar tantas veces, pero la palabra postrera se la quiso reservar nada menos que Dios.
 Con los pelos como escarpias como quien peina la ilusión recién nacida, con el estupor en las miradas asomándose a promesas cumplidas, con todo su cuerpo abalanzado hacia un sepulcro para siempre vacío, con todo eso y con mucho más en los adentros, aquellos dos discípulos quisieron rubricar con gozo contenido aquel desbordante acontecimiento.
 Cristo ha resucitado, esta es la noticia. El sepulcro ha sido abierto, su mordaza saltó en pedazos, y en el espesor de la muerte se ha escapado por su natural fisura el regalo de la vida. Cristo ha resucitado, y la luz brilla y pinta con los colores de Dios cada amanecer, mientras acompaña a sus hijos a la hora de la brisa. No es ya un Dios distraído, un Dios ausente y silente cuando nos acorralan las penas. Es un Dios que supo de pesares, de incomprensiones y soledades. En todo igual a sus hermanos menos en el pecado.
 Pero su humanidad logró encontrar la partitura del aleluya más bello y verdadero jamás contado y jamás cantado. Y vendrán ahora sus citas discretas buscando a los hermanos errantes, o asustados, o llorosos sin entender lo que ha pasado. Por las rendijas de la muerte ahora se colará esa otra vida templada y mansa, que no provoca, que no desafía, sino que sencillamente muestra su belleza y su alegría.
 Queridos hermanos y hermanas, salgamos también nosotros al sepulcro vacío, sea cual sea nuestra muerte, nuestro afán o nuestro quebranto. Todos tenemos una carrera que realizar para comprobar con gratitud y sin espanto, que era verdad aquello que dijo el Maestro, aquello que para siempre nos mostró redentoramente en su Hijo resucitado.
 Feliz Pascua de resurrección. Aleluya y parabién.
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      Recibid mi afecto y mi bendición.

Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca