Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

El paso de Dios.

Queridos hermanos y amigos. Paz y bien: 

En nuestro lenguaje religioso popular solemos decir algo que prácticamente sólo se da en España: ¡Felices Pascuas! Y esto es dicho y acogido tanto cuando toca la navidad como cuando toca el triduo pascual. "Pascua" es una palabra hebrea que significa "paso", y ha intuido bien nuestro pueblo creyente cuando reconoce el paso del Señor en esos dos momentos decisivos de su vida y de la nuestra:
al nacer y al morir resucitando. Es el paso de Dios que nos nace y nos renace. Pero en ambos momentos es el mismo Señor que quiere hacer suya nuestra propia vida, como quien abraza de veras un origen y un destino para poderlo vivir, para entenderlo por dentro.
   Dios pasa "entre" nosotros sin pasar "de" nosotros. Ese Dios humanado nos dirige una palabra de aliento habiendo experimentado nuestro desaliento, y Él enciende una luz alumbradora sabiendo en carne propia cómo son nuestros apagones oscurecedores, y proclamará una vida nueva no sin antes haber masticado la muerte amordazadora. Por eso Jesús no tiene una humanidad prestada o virtual, sino que abrazó nuestra realidad con todas las consecuencias. Tal y como decía la carta a los Hebreos, no tenemos un Dios "que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Heb 4,15).
   Así, al paso de Dios que pasa, nos disponemos a celebrar la Semana Santa, estos días entrañablemente cristianos en los que conjugamos la piedad llena del fervor más tierno, junto a la religiosidad popular que pone en escena nuestro talento artístico y cultural de mejor calidad. Serán procesiones, que con sus pasos escultóricos y sus cofrades, nos permitirán mirar rincones de aquella primera Semana Santa de la historia, en donde se pagó con amor lo que no tenía precio. Serán nuestros cantos y oraciones, que llenarán de plegaria nuestras lágrimas y de anhelo nuestra esperanza. Serán nuestras celebraciones litúrgicas, que acompasarán los momentos centrales del triduo pascual, viviendo el mensaje del jueves santo, del viernes santo y del sábado santo, para permitimos llegar con gozo renovado, a la alegría resucitada que nos permite verdaderamente volver a empezar.
   Dios pasa entre nosotros. Él se ha- hecho pascua singular, dándonos motivos de esperanza: la que se deriva de que somos amados realmente por el Señor, que conoce mi nombre, que sigue mis senderos, que escucha mis latires y que me sigue invitando al cielo. No es un Dios intruso, metijón y molesto, sino alguien que tiernamente me acoge, pacientemente me acompaña y con todo su empeño espera salvarme.
   El Papa Benedicto ha escrito en su última encíclica algo esperanzador: "El hombre es redimido por el amor... El ser humano necesita un amor incondicio-nado. Necesita esa certeza que le hace decir: «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartamos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces -sólo entonces- el hombre es «redimido», suceda lo que suceda en su caso particular" (Spe Salvi, 26). En la procesión de mi vida, este amor absoluto de Dios es el que manifiesta su paso, discreto y concreto, con el que me acompaña como nadie y para siempre. Esta es la esperanza que nadie nos podrá arrebatar.             
Recibid mi afecto y bendición.

 
  Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca