Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
Se cumplen cien años en 2008 desde que dio comienzo esta iniciativa que puso en marcha el P. Paul Wattson, para rezar por la unidad de los cristianos. Las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales se han ido incorporando a esta larga marcha de plegarias y oraciones para la recuperación de la unidad visible perdida de la Iglesia, y la oración intensa y ferviente del Octavario es hoy patrimonio de todas las confesiones cristianas. Es una oración que se encuentra entre las plegarias de Jesús, que llegó a pedir al Padre que todos los suyos sean uno para que el mundo crea (Jn 17). La falta de unidad no facilita la vivencia de la fe.
Cada generación tiene su propia experiencia de lo que supone el gozo de la unidad y el escándalo de la división. Y quienes quieren bien a los cristianos (empezando por nosotros mismos cuando nos queremos bien), procuran trabajar por la unidad, por la verdadera comunión. Mientras que quienes nos quieren mal o cuando nosotros nos queremos mal, se da o incluso se fomenta la división. Por eso la oración del Señor tiene toda su validez, y a ella nos uncimos para pedir esa unidad con sus mismos sentimientos.
Desde el Concilio Vaticano II, y de una manera intensa con los dos últimos Papas, el trabajo ecuménico, toda esa labor de acercamiento a los demás cristianos y de acogida de todos nuestros hermanos separados, ha venido incrementándose felizmente, dando pasos enormes en aras de esa deseada unidad que nos permita vivir en la comunión real.
En su mensaje para la Semana de oración para la Unidad de los Cristianos, la Comisión Episcopal para las relaciones Interconfesionales, ha elegido un lema de San Pablo: “no ceséis de orar” (1 Tes 5,17). El apóstol les dice a sus cristianos: pedid esa gracia al cielo para que podáis vivir de modo verdaderamente cristiano. Esta unidad es un don de Dios.
Nosotros hacemos nuestro ese imperativo del apóstol y la oración de Jesús: trabajar por la unidad de todos los cristianos, orar por esa unidad. Pero en nuestro caso, la primera labor y la primera plegaria nos afecta a quienes estamos en la Iglesia Católica. Sería un contrasentido que estemos pidiendo la unidad con otras confesiones, mientras de tantos modos no vivimos la comunión entre nosotros. Una unidad que se hace amorosa adhesión, leal y filial comunión con el Papa y nuestro obispo, al igual que ellos viven también una amorosa adhesión, leal y paterna comunión con las personas que el Señor les ha confiado.
Todo lo que rompe nuestra comunión con el Señor y con su Iglesia, conlleva el enfrentamiento y la división, como muy bien saben los enemigos de Dios y de la Iglesia. Las disidencias teológicas, litúrgicas o pastorales, son siempre debilitamiento del Pueblo al que pertenecemos, que nos hace vulnerables ante los acosos e incapaces para el testimonio. Recemos y trabajemos por la unidad de todos los cristianos, comenzando por los de casa en nuestra parroquia y en nuestra diócesis. No cesemos de orar por ello. Porque como decía san Agustín, un miembro separado del cuerpo puede conservar la forma, pero lo hace sin vida. Empeñarse en formas cristianas desde la disidencia del cuerpo del Señor que es la Iglesia, da como resultado una postura y una realidad que por falta de vida, se hacen tristes y estériles. Vale la pena leer teólogos que no falseen lo que la Iglesia nos enseña, celebrar la liturgia como la Iglesia nos indica, y trabajar pastoralmente unidos al Buen Pastor y a quienes Él nos pone como referentes en su nombre. La unidad con todos los cristianos comienza en la comunión con los propios hermanos.
Recibid mi afecto y mi bendición.
Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca





