Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
Casi cerrando ya nuestras fiestas navideñas, nos hemos puesto en la fila como un niño más para ver pasar esa especial cabalgata. Es tal vez la ficción menos mentirosa de la que somos capaces los adultos, cuando dejamos que salga la inocencia conmovida que todavía llevamos dentro. Y mirando los ojos de nuestros pequeños, nos ponemos a soñar junto a ellos todo ese mundo distinto que a nuestra vista de grandes y escépticos se nos antoja ya demasiado distante e incierto.
La fiesta de la Epifanía, con los Reyes Magos dentro, supone una apertura del portal de Belén al mundo entero, a lo universal del hombre sea cual sea su tierra y su tiempo. La noticia del nacimiento del Mesías esperado, de aquel Rey que anunciaron las profecías de Israel, tuvo diversa acogida en Jerusalén. Los Magos provenientes del oriente lejano hicieron la pregunta incómoda que llenó de sobresalto a Herodes: “¿dónde está el Rey de los judíos? Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”. Ese temor furtivo y huraño que empañó la corta mirada de Herodes, no coincidía para nada con el llenarse de alegría de los Magos al ver a María, a José y al Niño en el establo.
Una auténtica apertura a la verdad nos termina haciendo verdaderos, mientras que una maquinación de nuestras pretensiones nos acaba convirtiendo en tristes y ansiosos mentideros, dando vueltas inútilmente a la mezquindad que nos hace estériles usureros. Los Magos siguieron la estrella, el indicio, la pista. Dios se les hizo compañero de camino para llevarles al lugar en donde la belleza que intuían, la bondad que anhelaban, y el bien y la paz que por nada renunciaban, se hizo de pronto risa, llanto, ternura, historia de carne y hueso, la Vida se hizo vida. El Niño que tenían delante les colmó para siempre de alegría.
¡Qué científicos más sabios aquellos Magos, qué apertura a la realidad en la que Dios escribe sus rimas! El papa ha recordado en su última encíclica cómo la ciencia y el ordenamiento de las cosas puede tener un resultado diverso en el devenir de las personas: «la búsqueda, siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada generación; nunca es una tarea que se pueda dar simplemente por concluida… La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad. Pero también puede destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma… No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor» (Spe salvi, 25-26). Es ese amor que puesto al servicio de la vida, construye una ciencia que no destruye al hombre ni lo somete ni utiliza.
En la cabalgata de nuestra existencia, demasiadas veces se usa de la ciencia para vendernos como progreso lo que no es más que ideología materialista, intereses económicos y conspiraciones políticas. Encontrar a científicos que amen la verdad y que amen la vida, que no trafiquen con la muerte del ser humano no nacido ni con el que por edad o enfermedad termina, es encontrar a científicos que son leales, que son sabios y que tienen una humilde conciencia de que ellos no son la medida. Ellos ni juegan a ser Dios, ni le persiguen, sino que se hacen peregrinos siguiendo la mejor estrella, la que conduce al Señor en donde Él abraza la vida con toda su belleza, su bondad y con toda su dicha.
Esta es la cabalgata de los santos, la de aquellos que han puesto al servicio del hombre y para la gloria de Dios, sus talentos, su esfuerzo y su sabiduría. Felices quienes como aquellos Magos de Oriente encuentran la estrella buena en su vida.
Recibid mi afecto y mi bendición.
Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca





