Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
El próximo día 23 de diciembre se clausurará en Zaragoza el año jubilar que se ha dedicado a un santo aragonés como San José de Calasanz. Los 450 años de su nacimiento han servido de preciosa efemérides para acercarnos todos a esa figura egregia de nuestro santoral hispano. El lema que se escogió para esta remembranza ha sido una expresión feliz que sintetiza todo un carisma: “nacido para educar”.
Muchas veces nos preguntamos ante determinadas catástrofes naturales o ante incomprensibles horrores humanos eso que algunos han verbalizado diciendo: ¿dónde estaba Dios? ¿por qué calla? ¿dónde se esconde o se fuga?
Si, como creemos firmemente, Dios es un Dios de la vida, estas preguntas no son retóricas sino que nos provocan profundamente. Si no logramos ver a Dios o escucharle en esas determinadas ocasiones, quiere decir que o Él o nosotros fallamos: o falla Dios que no se deja ver ni escuchar, o fallamos nosotros que no tenemos ojos limpios ni oídos atentos. No es muy difícil comprender dónde está la falla y su porqué.
Esas preguntas se las hacía alguien tras un terremoto reciente. Y en lugar de inculpar a Dios su presunta ausencia o su silencio irreverente cuando había tanto que hacer y decir, esa persona sí que respondió: estaba en mí, y Él me daba entrañas misericordiosas y me daba atención concreta y palabras humildes con las que decir consuelos y acercar caricias, como quien susurra verdades y venda las heridas. Dios estaba allí a través de sus hijos, que le prestaban sus manos, sus oídos, su tiempo y su afán.
Una respuesta así, ante todo te compromete en primera persona, porque no echas el balón fuera para escurrir el bulto piadosamente proyectando sobre Dios nuestra incapacidad o nuestra insolvencia. Más bien te pones manos a la obra para decir al Señor como han dicho los santos (S. Pablo, S. Francisco…): ¿Señor, qué quieres que haga?
Así fue Calasanz. En su siglo XVII fue a Roma para hacer fortuna clerical aspirando acaso a alguna prebenda. Pero Dios le esperaba en el popular barrio del Trastevere en la indigencia de los niños. Allí había en aquellos zagales y rapaces una palabra que decir y una obra que comenzar. Y Calasanz se prestó para ser las manos de Dios y sus mejores labios, y aquella prebenda buscada se trocó en bendición inesperada que le cambió la vida.
Nacido para educar, sí. No sólo para instruir, ni sólo para entretener noblemente la infancia y la mocedad, ni siquiera sólo para enseñar a rezar. Todo junto, de modo integral, letras y piedad. Educar es acompañar la vida, con todos sus factores, enseñando a mirar la realidad y descubriendo en ella lo que el Señor nos dice o lo que nos silencia, acogiendo alegremente lo que Él nos da, sin entristecernos por lo que nos niega.
¡Cuántas páginas de verdadera educación han escrito Calasanz y sus hermanos! ¡Cuántas generaciones cristianas han sido extraordinariamente educadas haciendo auténticas personas hijas de Dios, hijas de la Iglesia e hijas de su época!
Damos gracias al Señor por el regalo de sus santos, por el don de este hermano nuestro José de Calasanz. Le pedimos que sigan sus hijos, los escolapios, la obra que en él tuvo sólo el comienzo. Que sean bendecidos con muchas y santas vocaciones, y que las nuevas generaciones de niños y jóvenes puedan seguir viendo y escuchando lo que con Calasanz, nacido para educar, Dios comenzó a dar y a decirles.
Recibid mi afecto y mi bendición.





