Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

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Testigo de esperanza

Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
 En diversas diócesis españolas se ha recordado en estos días el primer viaje que hizo a nuestra patria Juan Pablo II, para conmemorar lo que supusieron aquellos diez días tan intensos en los que el Papa Wojtyla paseó nuestras tierras con un anuncio claro y valiente, como verdadero “testigo de la esperanza”, lema de aquella visita pastoral. Fueron dieciocho ciudades las que le acogieron, como dieciocho ventanales a los que se asomó para proclamarnos el evangelio: la vida, la familia, la educación, los jóvenes, los consagrados, los sacerdotes, los seminaristas, los enfermos, la cultura... eran los registros en los que el Santo Padre nos entonaba su canto cristiano y eclesial.
 Precisamente al besar nuestro suelo, apenas aterrizó su avión en Barajas, quiso decir el objeto de su visita: “vengo a confirmar en la fe, a confortar en la esperanza y a alentar las energías de la Iglesia y las obras de los cristianos para que sigan siendo árbol cuajado de frutos de amor a Dios y al hombre. Para que los cristianos combatan batallas de paz y amor, estén comprometidos en la solidaridad con los hombres y sean en el momento actual generosos y perseverantes en obras de servicio, para el bien de todos los españoles y de la iglesia universal”.
 Si este fue su frontispicio de entrada, la despedida en Santiago de Compostela supuso de nuevo el recordatorio vibrante y emocionado de lo que nos había dicho y de cuanto también él había escuchado poniendo oído a nuestra mejor historia cristiana: Con mi viaje he querido despertar en vosotros el recuerdo de vuestro pasado cristiano y de los grandes momentos de vuestra historia religiosa. Sin que ello significase invitaros a vivir de nostalgias o con los ojos puestos sólo en el pasado, deseaba dinamizar vuestra virtualidad cristiana. Para que sepáis iluminar desde la fe vuestro futuro y construir sobre un humanismo cristiano las bases de vuestra actual convivencia".
 Particularmente bello y sugerente me pareció el mensaje a los jóvenes que abarrotaron el estadio Santiago Bernabéu y alrededores. El sucesor del Apóstol San Pedro se dirigía a toda aquella juventud para proponerles nada menos que el corazón del evangelio: las bienaventuranzas de Jesús. El mal con todas sus caras, con tantas falacias y no pocos señuelos había que vencerlo. Pero el Papa proponía vencer el mal justamente con el bien. Y esbozaba así el programa de una insólita y verdadera revolución: "Cuando sabéis ser dignamente sencillos en un mundo que paga cualquier precio al poder; cuando sois limpios de corazón entre quien juzga o actúa sólo en términos de sexo, de apariencia o hipocresía; cuando lucháis por la justicia ante la explotación del hombre por el hombre o de una nación por otra; cuando con misericordia generosa no buscáis la venganza sino que llegáis a amar al enemigo; cuando en medio del dolor y las dificultades no perdéis la esperanza y la constancia en el bien, apoyados en el consuelo y ejemplo de Cristo y en el amor al hombre hermano. Entonces -concluía el Papa- os convertiréis en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo trae como mensaje".
 Como todo lo que es verdadero y bello, este mensaje no sólo no ha perdido su vigencia, sino que conmueve volverlo a escuchar. Es todo un programa de propuesta a nuestros jóvenes y a quienes lo son menos ya. Es el corazón del evangelio mismo, ese que nuestro mundo necesita, veinticinco años después y siempre, volver a escuchar.
 Recibid mi afecto y mi bendición.

Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca