Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
Una de las escenas más conmovedoras del papa Juan Pablo II durante el jubileo cristiano con motivo de los dos mil años de cristianismo, es cuando él pidió perdón por los errores de los hijos de la Iglesia a través de los veinte siglos de su historia. Podría parecer que era excesivo ese lance, que abría un flanco de vulnerabilidad al que la Iglesia no debería exponerse. Y, sin embargo, el papa pidió perdón. No sólo porque objetivamente los cristianos hemos sido y somos pobres pecadores abrazados por la misericordia de Dios, no sólo porque hemos cometido faltas y pecados por las que pedir perdón, sino porque esto es lo que hacemos al comienzo de cada santa Misa en el momento penitencial.
El perdón puede ser escandaloso, puede resultar insoportable, para una sociedad o para una persona que respiran rencor o resentimiento. Para éstas es fácil comprender la revancha, la reacción violenta que responde agresivamente a la agresión. Pero el perdón siempre desarma, confunde a quien en su corazón no deja espacio para la bondad y la belleza que son siempre en la vida la firma de autor del Creador (“vio Dios lo que había hecho y lo encontró bueno, lo encontró bello”).
Aquella expresión de Jesús ante una mujer sorprendida en adulterio, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, no vino a canonizar o banalizar el error, sino a redimir su trampa, su tragedia para devolver la dignidad a quien torpemente la había perdido. Pero hubo mucho más. Puso de manifiesto hasta qué punto los acusadores no pudieron ser perdonados, porque no entendían el perdón.
Hace unos días he visto a un hermano en el episcopado sentado en el banquillo de acusados en un pleito insólito. Me conmovió profundamente que este obispo no se defendiera como quien quiere reducir a su adversario, destruirlo tal vez, o al menos humillarlo con el simple relato de la verdad. Se limitó a decir, con el dolor en su rostro: tengo que defenderme de alguien a quien de corazón le deseo todo su bien.
Estoy convencido que el perdón es el lado más novedoso y revolucionario del amor cristiano. Cristo murió así en la cruz, perdonando a sus enemigos. Dio la vida por ellos. Y de este modo rubricaba con el precio de su entrega máxima, lo que nos había dejado como cristiana contraseña: amad a vuestros enemigos.
¿Quiénes son hoy nuestros enemigos? ¿Dónde están y qué nos dicen, de qué nos acusan? Cada uno podría aquí hacer su elenco, su particular listado de nombres que sabiéndolo o no, queriéndolo o no, nos hieren, nos calumnian, nos desprecian, nos mienten, y hasta nos quisieran borrar. Pero sólo quien perdona de veras, ama de verdad. Y sólo quien es capaz de amar se sobrepone a su dolor sin dejar rastro ni hacer hueco al rencor iracundo o a la venganza resentida. Sólo el que ama perdonando es libre de verdad.
Es el alto testimonio de los primeros cristianos. Hoy los discípulos de Cristo no se las tienen que ver con leones, sino con otro tipo de circos al que nos echan para ser devorados por la risa burlona, la exclusión intolerante o el desprecio ilustrado. Pero al igual que en otros momentos de la historia cristiana, deberemos dar el alto testimonio de nuestro amor a Dios y de nuestro amor al hombre, y hacerlo con audacia y creatividad, con arrojo y paciencia. No somos de piedra y los arañazos que esas burlas o exclusiones nos alcanzan, a veces dejan jirones en nuestro porte, pero nos consuela la promesa de Jesús: que Él siempre está acompañándonos para que podamos seguir amando con respeto y pasión a quienes pone a nuestro lado, sean amigos o enemigos.
Recibid mi afecto y mi bendición.





