Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
En estos días ha saltado a los medios de comunicación social, la primera campaña publicitaria que la Iglesia Católica realiza en España sobre su identidad, su cometido y las diferentes tareas que se llevan adelante por parte de los cristianos católicos. La Conferencia Episcopal Española busca dar a conocer la razón de ser principal de la Iglesia (su misión evangelizadora) de la que se deriva una ingente labor social, educativa, asistencial, etc., todo lo cual repercute en beneficio de la sociedad. Asimismo, la campaña informa también de las líneas básicas del acuerdo de financiación alcanzado entre el Estado y la Santa Sede en diciembre de 2006, por el que se elimina la dotación directa del Estado a la Iglesia, se aumenta la asignación del IRPF del 0,5 al 0,7 por ciento y se elimina la exención del IVA.
La campaña muestra cómo la Iglesia Católica forma parte de la vida cotidiana de nuestro país: está presente en los acontecimientos más importantes de la vida de las personas; sus miembros son personas que entregan su vida a los demás: sacerdotes y agentes de pastoral, que están al servicio de la comunidad cristiana, desempeñando una labor discreta y muchas veces ignorada, pero que resulta decisiva para el bien común de la sociedad; y tiene repartidos por el mundo a miles de misioneros que predican el Evangelio de Jesucristo y que, desde la experiencia del Amor de Dios, están al lado del prójimo, de manera particular de los más necesitados. Esta labor se desarrolla gracias al trabajo de obispos, religiosos, religiosas y seglares que a diario llevan a cabo su actividad, entre otros muchos lugares, en más de 23.000 parroquias; cerca de 850 monasterios de clausura; numerosas órdenes y congregaciones, más de 200 hospitales y ambulatorios; 300 guarderías, 900 orfanatos y más de 1600 centros de acogida y de reinserción familiar y social.
Siempre quedará esa parábola audaz y provocativa de Jesús, que no se narra en torno a las aves del cielo, a los lirios del campo, ni siquiera en torno a una historia entrañable que nos acercase la ternura de Dios. La parábola más hermosa que Jesús contó es la que dijo sobre sí mismo: venid a mí benditos de mi Padre, porque tuve hambre, estuve desnudo, en la cárcel, enfermo… estuve solo, ignorado, despreciado, zaherido… perdí la esperanza, el amor y hasta la fe… y vinisteis a verme, a socorrerme, a acompañarme, a devolverme la dignidad que se deriva de la fe, de la esperanza y del amor. Esta parábola es la que la Iglesia Católica ha seguido narrando a través del tiempo, en tantas circunstancias, en medio de tan diversos regímenes políticos y tan distintos ambientes sociales y culturales.
La Iglesia diocesana, la parroquia, son un lugar en donde la vida se acoge y se acompaña, donde samaritanamente se vendan las heridas del camino y se anuncia sin tregua la reconciliación, el perdón y la paz; formar una persona cristiana, encauzar sus nobles sueños, bendecir su amor, recomponer sus caminos maltrechos, perdonar sus errores y pecados, encender luz para sus pasos y acercar la necesaria gracia de Dios, de ello se ocupa la Iglesia cuando está con niños, con jóvenes, con familias, con enfermos o ancianos, con pueblos asediados o deprimidos, en catástrofes y pandemias. Ahí está la Iglesia en las mil necesidades, hablando a los hombres de Dios y a Dios de los hombres. Con esa “x” que marcamos en nuestra declaración de la renta a favor de la Iglesia Católica, y con nuestra ayuda directa a través de un donativo, estamos ayudando a quienes pueden y desean ayudar.
Recibid mi afecto y mi bendición.





