Queridos Hermanos y amigos: paz y bien.
El mes de noviembre siempre me trajo aires serenos de sana melancolía. Cuando los primeros fríos mañaneros me metían de lleno en el otoño imparable, o el olor a tierra húmeda me hacía cerrar los ojos y respirar un aire de campiña, o cuando las flores sencillas se hacían ramillete de esperanza con las que recordar a seres queridos... todo esto me embargaba en unos días de paréntesis fugaz y meditativo.
Este mes comienza con la fiesta de Todos los Santos y le sigue la conmemoración de los Fieles Difuntos. Son dos citas que madrugan nuestro noviembre y que lo acompañan todos sus días deslizando su mensaje y su canción.
Todos los Santos es una fiesta en la que se nos recuerda nuestro destino final, ese para el que fuimos creados, para el que se nos dotó de todos nuestros talentos y de todas nuestras limitaciones también. Llegar a ser santos no a pesar de como somos, sino precisamente como somos, en nuestro tiempo y en nuestro lar. Siempre me impresionó que ante momentos de prueba diversa hay gente que se rompe y enfrenta, que se rebela hasta la blasfemia, mientras que hay otros que sin resignaciones ñoñas, crecen, maduran, se purifican y aceptan ser acompañados por el Dios de la vida. Lo hemos visto ante enfermedades, incomprensiones, desgracias naturales y hasta la misma muerte sobrevenida: dichosos quienes acertaron a vivir las cosas con Dios, para Dios, sin hacerlo contra nadie. La santidad es recorrer las sendas de la vida, viendo las cosas como las contempla Dios y deseando de veras lo que quiere su corazón; es saberse creados por Él, llamados por Él, acompañados por Él y por Él enviados, aceptando con gozo lo que Dios quiere para cada cual, secundarlo en el surco que nos plantó dentro de su Iglesia, y contar con todas nuestras fibras que esto no es una quimera sino el verdadero secreto de la vida.
Y así luego quisimos encomendar a nuestros seres queridos en su paz eterna. Revestimos de malva y crisantemo nuestra ofrenda al recordar ante Dios las personas concretas que nos precedieron en la fe y en la misma vida. La muerte siempre nos pone ante el quicio de nuestra última batalla y nuestra última ilusión, que es capaz de provocarnos el llanto por un adiós que siempre juzgamos prematuro e inoportuno. Surgen entonces tantas cuestiones de las esenciales, que siquiera por un instante, nos ponen ante el espejo de la verdad. De una verdad desnuda y libre, que no tiene ya nada que vender, ni nada que conquistar, ni nada que defender, sino tan sólo ser, sencillamente ser.
No nos engaña el corazón al evidenciar una gran pregunta, que el mismo Dios humanado se hizo. Sería amargamente cruel que la vida se redujese a una pasión inútil, a una nada vacía, a un grito sórdido de nadie para nadie, a un viaje cuya meta es la deriva. La vida es maravillosa, es lo mejor que nos ha podido ocurrir. La vida como don recibido de Dios, como tarea que Él ha querido uncir a nuestras manos y a nuestra libertad, la vida como prolongación de tantas ansias, tantos cantares, tantas esperas y ensueños. Ahí está Él, el dador de todo bien, bendiciendo nuevamente con su bondad y embelleciendo con su hermosura, lo que de sus manos salió. Cristo venció la muerte, la suya y la nuestra, y su Pascua es la llave que nos permite mirar el horizonte de una esperanza eterna, asomados a la ventana del corazón de Dios. Seamos santos como santo es Dios. Y que Él recoja en su odre las lágrimas esperanzadas que vertemos por quienes compartieron la vida, la fe y el amor, sabiendo que con ellos volveremos a encontrarnos en el hogar dulce y eterno que el Señor nos preparó.
Recibid mi afecto y mi bendición.





