Diócesis de Jaca y Museo Diocesano de Jaca

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

Haití: Dios llora en la tierra.

Queridos hermanos y amigos: paz y bien

Una vez más nos han saltado las alarmas. De nuevo hemos sido humillado endonde más nos duele: los pobres más pobres. No es la mano justiciera de un hadavengativa que se ríe de los opulentos del tener y del poder, sino un extraño e indeseadoinfortunio que se zafa ante un pueblo de por sí precario y mendigo

Haití ha sido y sigue siendo en su interminable morgue, un tremendo dedo acusatorioque no sabemos a quién se dirige ni quién lo enarbola. Pero un dedo que semete intruso en nuestra llaga más vulnerable y nos hace espantarnos ante una tamañatragedia que nos deja sin hálito, sin palabra, sin nada. Y así lo hemos vivido y lo seguimosviviendo. No se trata de la cuestión de cuántos compatriotas hay bajo los escombros,o cuántos de los nuestros sean quienes sean éstos. Da casi lo mismo, y aunqueno podemos ser insensibles a nuestro terruño y más a nuestra sangre, la muertenos hace a todos iguales y lo único que nos sobrecoge es el hecho en sí mismo, sinpasaporte en ristre, sin parentesco, sin credenciales

No han sido pocos los que se han preguntado de modo sincero por qué, e inclusono han faltado quienes se interrogan sobre el quién. Y no se halla respuestaa ninguna de las dos cuestiones por más vueltas que le demos: por qué suceden estascosas que tanto nos duelen, quién sería el responsable al que dirigir nuestraprotesta

Y sin embargo, sí que existen esas respuestas por más que sea complejo hallarlas

Por un momento, nos damos cuenta de cuántas cosas a diario gozamos, tenemos,intercambiamos, dando por supuesto que todo eso debe ser así, dándolo por descontado,perdiendo demasiado a menudo el horizonte del don que significa el hecho devivir, de caminar, de ver y oír, de amar. Acaso, a fuerza de sernos cotidianas todasestas cosas, perdemos de vista que suponen un regalo continuo, un don permanente

En segundo lugar, el hecho de que los medios de comunicación nos acerquen entiempo real lo que está sucediendo a miles de kilómetros, nos permite situarnos dentrode esta aldea global con una conciencia de proximidad que no permite que seamosindiferentes. No estamos asistiendo impávidos a una catástrofe que no tiene quever con nosotros, que no nos afecta, sino que sentimos la necesidad no sólo de agradecerlo que tenemos como don y regalo, y hacer algo por quienes de pronto todo lohan perdido. Esta solidaridad nos hace humanos, nos saca de nuestros agujeros deseguridad y de nuestras fugas egoístas. Y nos permite adivinar con saludables sobresaltosque la humanidad no empieza ni termina en el patio de mi casa que es particular,sino que hay demasiados rincones de este mundo en donde hay gente que sufre,que está falta de libertad, de paz, de pan, de dignidad, de afecto, de fe. Una tragediaasí, nos hace despertar de nuestras dormideras.

Por último, la gran pregunta que tantos se han hecho: ¿y Dios, dónde estaba? Sinduda que no estaba jugando al golf, haciendo turismo estirado o distrayéndose podandobonsáis. Dios estaba en las víctimas, muriendo con ellas una vez más. Perotambién está en la gente que está entregado su tiempo, su dinero, sus talentos y saberespara ayudar a sus hermanos: ahí están las manos de Dios repartiendo ternura,ahí sus labios diciendo palabras consoladoras, ahí sus silencios cuando es callandocomo se dicen las mejores cosas, ahí su corazón cuando sabe palpitar con el latidode la gente que tiene entraña.

Nos unimos al dolor de ese pueblo hermano, ofrecemos nuestra oración por eleterno descanso de los que han perdido la vida, y nos brindamos de tantos modos aayudar a cuantos necesitan todo tipo de consuelo, de esperanza, para levantar tododesde las cenizas.

Recibid mi afecto y mi bendición

Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca